La salida en el luge es uno de los momentos más críticos de la carrera. A diferencia del descenso, donde la velocidad ya está dada y el atleta solo puede gestionar la trayectoria, la salida es la única fase en que el lugeur puede aportar energía cinética propia al sistema. Una buena salida puede suponer ventajas de hasta dos o tres décimas de segundo que se mantienen durante todo el descenso, una diferencia enorme en un deporte donde los puestos se deciden por milésimas.
El proceso de salida comienza con el atleta sentado en el trineo en la zona de partida, con las piernas extendidas hacia adelante y ambas manos aferradas a los polines. Estos son barras de acero inoxidable fijadas a ambos lados del canal de salida, con estrías para mejorar el agarre incluso con los guantes especiales de luge. El atleta realiza entre tres y cuatro jalones rítmicos y potentes con los brazos, impulsando el trineo hacia adelante. El movimiento es similar a un remero que ejecuta una arrancada: máxima fuerza en el instante inicial, con la espalda y los brazos coordinados para transferir la mayor cantidad de energía posible al trineo. En cuanto el atleta suelta los polines y el trineo cruza la línea de células fotoeléctricas, el cronómetro oficial se activa y la carrera ha comenzado.
Tras soltar los polines, el atleta utiliza las manos brevemente para empujar sobre el hielo o las paredes del canal —conocido como “paddling”— antes de llevar los brazos al cuerpo y adoptar la posición aerodinámica definitiva. Los entrenadores analizan en vídeo con precisión de fotograma los tiempos de salida, ya que existe una correlación directa entre la potencia del impulso inicial y el tiempo final. Las potencias de salida en atletas de élite pueden superar los 1.000 vatios durante el breve instante del impulso, y los equipos nacionales destinan recursos significativos al entrenamiento de fuerza explosiva de brazos específicamente para este gesto técnico.