La baliza es el símbolo más reconocible de la orientación deportiva. Ese cubo o prisma de tela naranja y blanco suspendido sobre un poste en mitad del bosque es la prueba visual de que el orientador ha llegado al lugar correcto. Encontrarla —especialmente cuando está escondida en una hondonada, al pie de una roca o detrás de un matorral— es la satisfacción central de este deporte.
La baliza estándar IOF mide aproximadamente 30 cm de lado y está confeccionada en tela resistente dividida en dos triángulos: el superior blanco y el inferior naranja, o viceversa en cada cara. En el soporte de la baliza, o en una plaqueta adjunta, figura el código del control: un número de dos o tres cifras que el corredor debe verificar antes de registrar su paso para asegurarse de que ha encontrado el control correcto y no una baliza de otra categoría o de otro punto del recorrido.
En competiciones grandes, donde conviven múltiples categorías con recorridos distintos, hay decenas de balizas distribuidas por el terreno. Todas tienen el mismo aspecto, pero cada una tiene su propio código. Localizar la baliza no es suficiente: hay que confirmar que el código coincide con el que aparece en la descripción de controles del corredor.
Junto a la baliza, o integrado en su soporte, se instala el sistema de registro: la unidad SPORTident electrónica, el punzonador mecánico o ambos simultáneamente en competiciones que usan sistema de respaldo. La baliza, el código y el sistema de registro forman una unidad funcional inseparable que es el corazón técnico de cada punto de control.