El pádel nació en México en 1969 de la imaginación de Enrique Corcuera, pero fue Argentina quien lo adoptó, lo desarrolló y lo exportó al mundo. Entre los años setenta y los noventa, mientras el pádel daba sus primeros pasos en España, al otro lado del Atlántico miles de argentinos ya lo practicaban con la misma pasión con que seguían el fútbol o el tenis. De ese caldo de cultivo surgieron los jugadores que marcarían la historia del deporte.
Los años fundacionales: el pádel llega a Buenos Aires
El pádel llegó a Argentina a principios de los años setenta, pocos años después de su creación en Acapulco. El empresario español Alfonso de Hohenlohe, que había construido las primeras pistas en la Costa del Sol, también impulsó el deporte entre los círculos sociales de Buenos Aires y otras ciudades argentinas. Los primeros clubes eran exclusivos, orientados a las clases acomodadas, pero la democratización llegó rápido.
A diferencia de lo que ocurrió en España, donde el pádel tardó más en salir de los clubes privados, en Argentina el deporte se extendió con rapidez por los clubes de barrio, las instalaciones municipales y los espacios deportivos populares. La mezcla entre la cultura del club social —tan arraigada en Argentina— y la accesibilidad del pádel como deporte fue una combinación perfecta.
La academia argentina: cómo se forja un campeón
Lo que distingue al pádel argentino no es solo la cantidad de jugadores, sino la calidad de la formación. Las academias y los clubes argentinos desarrollaron durante décadas un estilo de juego técnico y táctico, con un énfasis especial en el juego de red, la colocación de la bola y la variedad de golpes. Ese estilo, conocido coloquialmente como «escuela argentina», se convirtió en la referencia técnica del pádel mundial.
Los grandes jugadores argentinos aprendieron en este entorno antes de dar el salto a España, donde el circuito profesional ofrecía mayor visibilidad y mejores condiciones económicas. Fernando Belasteguín llegó a España con dieciséis años y se convirtió en el mejor jugador de la historia del deporte. Juan Martín Díaz, Maximiliano Sánchez y toda una generación posterior siguieron el mismo camino.
El circuito argentino: un mundo propio
Argentina tiene uno de los circuitos nacionales de pádel más activos del mundo. La Asociación de Pádel de Argentina organiza competiciones en todas las categorías, y la participación popular es enorme: se estima que el país tiene más de dos millones de practicantes habituales, una cifra notable para un deporte con tan alto nivel de competencia.
El circuito argentino también exporta talento de forma constante. Cada año, jóvenes jugadores forjados en los clubes de Buenos Aires, Córdoba, Rosario o Mendoza se incorporan al circuito internacional con un nivel técnico que les permite competir desde el primer momento. Agustín Tapia, Franco Stupaczuk y Fede Chingotto son la generación más reciente de este flujo que parece no tener fin.
La huella argentina en el pádel global
El impacto de Argentina en el pádel mundial va más allá de los jugadores. Entrenadores, preparadores físicos y técnicos argentinos trabajan en academias de España, Italia, Francia y otros países donde el deporte crece con fuerza. El lenguaje técnico del pádel, la nomenclatura de los golpes, los sistemas tácticos: todo lleva el sello de la tradición argentina.
Cuando se habla del pádel como deporte global, de su expansión por Europa y su llegada a países como Suecia, Bélgica o los Países Bajos, detrás hay siempre una cadena que lleva a Argentina. Ese país que tomó un deporte mexicano, lo hizo suyo y lo devolvió al mundo convertido en algo mayor de lo que era.