En la historia del deporte mundial hay pocos escándalos tan cinematográficos, tan extraños y tan fascinantes como el que sacudió el patinaje artístico americano en el invierno de 1994. Era una historia de rivalidad, ambición, traición y violencia que parecía sacada de una película de suspense, pero que ocurrió de verdad.
Dos mundos en el mismo deporte
Nancy Kerrigan y Tonya Harding representaban en 1994 dos visiones radicalmente distintas del patinaje artístico americano. Kerrigan era la patinadora elegante y refinada de la Nueva Inglaterra, favorita de los patrocinadores y del establishment del deporte. Harding era la rebelde de Portland, Oregon, criada en la pobreza, con una biografía de dificultades familiares, y la primera mujer americana en ejecutar un Axel triple en competición.
Ambas eran rivales directas por la plaza en el equipo olímpico americano para los Juegos de Lillehammer 1994.
El ataque del 6 de enero
El 6 de enero de 1994, en el US Figure Skating Championships de Detroit, Nancy Kerrigan salió del hielo tras un entrenamiento. Un hombre llamado Shane Stant se abalanzó sobre ella y le golpeó la rodilla derecha con una porra extensible. Kerrigan cayó al suelo llorando, con su famoso grito “¿Por qué? ¿Por qué?” captado por las cámaras de televisión y convertido en uno de los momentos más recordados del deporte de los años noventa.
La investigación reveló rápidamente que el ataque no era un acto aleatorio. Stant había sido contratado por Shawn Eckardt, guardaespaldas de Tonya Harding, y Jeff Gillooly, el exmarido de Harding. El plan era lesionar a Kerrigan para que no pudiera competir en los Juegos Olímpicos.
La investigación y las consecuencias legales
La detención de los implicados y las confesiones obtenidas llevaron directamente a Tonya Harding. Gillooly confesó e implicó a Harding en el conocimiento del ataque antes de que este ocurriera, aunque ella siempre lo negó. La fiscalía no pudo probar su implicación previa, pero sí su silencio posterior.
Tonya Harding se declaró culpable de obstrucción a la justicia en marzo de 1994, admitiendo que supo del ataque después de que ocurriera y no lo informó a las autoridades. Fue condenada a tres años de libertad condicional, 500 horas de servicio comunitario y una multa de 160.000 dólares.
La federación americana de patinaje la inhabilitó de por vida para competir en competiciones amateur.
Lillehammer: el desenlace sobre el hielo
A pesar de todo, ambas patinadoras llegaron a los Juegos de Lillehammer. Kerrigan se había recuperado de la lesión y patinó brillantemente, ganando la medalla de plata, perdiendo el oro por una diferencia mínima ante la ucraniana de dieciséis años Oksana Baiul.
Harding, en medio de una tormenta mediática sin precedentes, tuvo una actuación discretísima: en el programa libre, comenzó la actuación y detuvo su programa casi inmediatamente, alegando que el cordón de su patín se había roto. Tras reemplazarlo, completó un programa plagado de errores y quedó en el octavo puesto.
El legado cultural
El caso Harding-Kerrigan se convirtió en fenómeno cultural que va mucho más allá del patinaje artístico. Fue analizado en libros, documentales y series. En 2017, la película I, Tonya, con Margot Robbie y Allison Janney (ganadora del Oscar a mejor actriz de reparto), recuperó la historia desde la perspectiva de Harding, ofreciendo un retrato mucho más complejo que el de simple villana que la prensa de la época le adjudicó.
El caso plantea preguntas sobre la clase social en el deporte, sobre la presión a la que se somete a los deportistas y sobre la construcción mediática de héroes y villanos. En 1994, el patinaje artístico dejó de ser un deporte de invierno para convertirse, por unas semanas, en el deporte más comentado del planeta.