Gareth Edwards es el jugador de rugby más reconocido de todos los tiempos. Nacido el 12 de julio de 1947 en Gwaun-Cae-Gurwen, un pequeño pueblo minero del sur de Gales, Edwards llegó al rugby de élite con 19 años y durante once temporadas fue el eje sobre el que giró toda la mejor generación del rugby galés. Medio melé de vocación total, reunía en sí mismo todas las virtudes que un jugador de esa posición puede tener: velocidad, potencia física, visión de juego, precisión de patada y una inteligencia táctica que le permitía tomar la decisión correcta en los momentos más exigentes.
El medio melé que lo tenía todo
En el rugby, el medio melé es el jugador que conecta el trabajo físico de los delanteros con la imaginación de los tres cuartos. Es, en muchos sentidos, el director de orquesta del equipo. Edwards no solo dirigió: también ejecutó. Su envío de melé era tan preciso y tan rápido que liberaba al apertura antes de que la defensa pudiera organizarse. Su capacidad de picar y avanzar por la línea de ruck era devastadora. Y su instinto para reconocer cuándo el partido pedía un golpe de efecto le convirtió en el jugador más completo de su época.
La figura de Edwards en la posición de medio melé cambió para siempre la percepción de lo que ese puesto podía aportar a un equipo.
Gales en los años setenta: el rugby en su apogeo
La selección galesa de los años setenta es considerada la mejor de la historia del rugby galés y una de las más brillantes que ha producido el rugby del hemisferio norte. Edwards fue su alma. Junto a Barry John, Phil Bennett y Gerald Davies, formó parte de una generación de extraordinario talento que ganó cinco Grand Slams en el Campeonato de las Cinco Naciones y tres Triples Coronas entre 1969 y 1978.
En esa época, Cardiff Arms Park era prácticamente inexpugnable. Gales no perdió un partido de campeonato en su estadio durante años, y Edwards fue siempre el principal artífice de esa invulnerabilidad.
Los British & Irish Lions y la gira invicta
Edwards también brilló con los British & Irish Lions, la selección combinada de Gales, Inglaterra, Escocia e Irlanda que cada cuatro años gira por el hemisferio sur. En sus tres giras con los Lions, Edwards no perdió nunca una serie. La más importante fue la de 1971 a Nueva Zelanda, la única ocasión en la historia en que los Lions ganaron al All Blacks, con Edwards como uno de los protagonistas fundamentales.
Su rendimiento en esas giras demostró que su nivel no era solo de competición europea: podía imponerse también en los escenarios más difíciles del rugby mundial.
El ensayo del siglo: Barbarians contra All Blacks
El 27 de enero de 1973, Edwards marcó el ensayo que todos los organismos del rugby han coronado como el mejor de la historia. Con los Barbarians en Cardiff, una jugada que empezó con Phil Bennett haciendo tres fintas cerca de su línea de ensayo pasó por las manos de varios jugadores en una carrera de setenta metros hasta que Edwards, a plena velocidad, recogió el último pase y se lanzó sobre la línea rival con una potencia imparable.
Aquella jugada resumió todo lo que hacía grande al rugby: la improvisación, la velocidad, el talento individual al servicio del colectivo y la emoción de lo inesperado. Edwards no la planificó. Simplemente la ejecutó con la naturalidad de quien siempre está en el lugar correcto en el momento correcto.