Si hay una década en la historia del snooker que merece el calificativo de “era dorada”, esa son los años 80. El deporte había llegado a millones de hogares a través de la televisión en color, los torneos tenían premios en metálico atractivos y tres personalidades completamente distintas protagonizaron un período que definió el snooker para generaciones.
Steve Davis: la máquina perfecta
Steve Davis fue el jugador dominante de los primeros años 80. Nacido en Londres en 1957, su estilo era su mayor fortaleza y también su mayor debilidad a ojos del público: metódico, preciso, sin grietas. Davis calculaba cada golpe, cada posición, cada elección de bola con una frialdad que sus rivales encontraban imposible de contrarrestar y que el público masivo encontraba… aburrida.
Sus números son impresionantes: 6 títulos mundiales (1981, 1983, 1984, 1987, 1988, 1989), 28 títulos de ranking a lo largo de su carrera y el dominio absoluto del circuito durante casi una década. Davis fue el primer jugador en alcanzar el millón de libras en premios, y su profesionalismo cambió el snooker para siempre: demostró que el deporte requería trabajo, disciplina y preparación, no solo talento.
La ironía de Davis es que fue tan bueno que resultaba antipático para las audiencias masivas. En los 80, ser fan de Davis era casi un acto de resistencia intelectual. El público prefería a sus rivales más impredecibles.
Alex Higgins: el Huracán
El antítesis total de Davis fue Alex Higgins, apodado “Hurricane” (Huracán), un jugador norirlandés de Belfast que entró en el circuito profesional en 1971 y ganó el Campeonato del Mundo en 1972, convirtiéndose en el campeón más joven hasta entonces. Su segunda victoria llegó en 1982, en la final más emotiva de la historia del snooker: al ganar el último frame, llamó a su esposa e hija al estrado y las abrazó entre las lágrimas del público del Crucible.
Higgins jugaba como si cada frame fuera el último. Sus golpes eran improvisados, arriesgados, a veces geniales y a veces incomprensibles. Se movía alrededor de la mesa con una energía nerviosa que contrastaba con la quietud estudiada de Davis. El público lo adoraba precisamente por eso: era humano, impredecible y apasionante.
Pero Higgins también fue víctima de sus propios demonios: el alcohol, las apuestas y un temperamento explosivo que le generó sanciones, suspensiones y conflictos constantes con las autoridades del snooker. Su vida personal fue un desastre que acabó en tragedia: murió en 2010, solo y en la pobreza, víctima del cáncer de garganta.
Jimmy White: el eterno finalista
Jimmy White fue el tercer gran protagonista de esa generación. El apodado “Whirlwind” (Torbellino) llegó a seis finales del Campeonato del Mundo y las perdió todas, convirtiéndose en el más querido de los perdedores del snooker. Su historia es una de las más románticas del deporte: el jugador con más talento natural de su época al que el destino nunca le concedió el título que merecía.
La más dolorosa fue la final de 1992 contra Stephen Hendry. White estaba a un solo frame del título, con la bola negra sobre la mesa, pero falló el golpe de manera incomprensible. Hendry levantó el título, y White nunca recuperó esa oportunidad.
El contexto: el snooker como fenómeno cultural
Los años 80 fueron también los de la máxima popularidad cultural del snooker en Gran Bretaña. Las finales del Campeonato del Mundo congregaban a más de diez millones de espectadores. Las portadas de los periódicos mostraban a Davis, Higgins y White. El snooker era conversación de pub, de familia, de oficina. Esa popularidad masiva fue el legado más duradero de esa generación de jugadores.