La pelota de squash es un elemento único entre los deportes de raqueta por su comportamiento dependiente de la temperatura. Fabricada en goma vulcanizada hueca, su rebote aumenta significativamente conforme se calienta con el impacto de la raqueta. Esta propiedad hace que la misma pelota se comporte de forma muy diferente al inicio del partido, cuando está fría, que después de varios minutos de juego continuo.
El sistema de clasificación por puntos de color es universal: el punto amarillo doble (el menos rebotante, para élite), el punto amarillo simple (para jugadores avanzados), el punto rojo (rebote medio, para jugadores en desarrollo) y el punto azul o verde (mayor rebote, para principiantes y niños). Algunos fabricantes añaden variantes adicionales, pero estos cuatro niveles son el estándar reconocido internacionalmente. Elegir la pelota correcta para el nivel de juego influye directamente en la calidad del entrenamiento y en la prevención de malos hábitos técnicos.
El tamaño estándar de la pelota es de 40 mm de diámetro y su peso oscila entre 23 y 25 gramos. Estas dimensiones, junto con la composición de la goma, son reguladas por la World Squash Federation para garantizar la uniformidad en competición. A diferencia de los tenis, las pelotas de squash se desgastan con el uso continuado: pierden presión interna, se aplanan en los puntos de impacto frecuente y reducen su rebote, lo que obliga a cambiarlas con regularidad en entrenamientos intensivos.