La historia reciente del sumo tiene un protagonista colectivo que no esperaban ni sus practicantes más entusiastas: Mongolia. En menos de treinta años, un país de tres millones de habitantes ha producido más yokozunas que Japón en las últimas décadas.
Los precursores: hawaianos y europeos
Antes de la oleada mongola, el sumo ya había experimentado la llegada de talento extranjero. Los hawaianos Konishiki, Akebono y Musashimaru abrieron el camino en los años 80 y 90. Konishiki estuvo a punto de convertirse en yokozuna pero la Japan Sumo Association (que entonces no reconocía explícitamente el criterio de hinkaku cultural pero sí lo aplicaba) no le concedió el rango a pesar de sus resultados. Akebono, primer yokozuna no japonés (1993), y Musashimaru (1999) sí lo conseguieron, abriendo la puerta a los luchadores extranjeros en el rango supremo.
Asashoryu: el primer mongol
El 68.º yokozuna, Asashoryu Akinori, fue el catalizador de la era mongola. Dominó el sumo a principios del siglo XXI con una agresividad y una explosividad que no se habían visto en el dohyo en décadas. Ganó 25 yusho antes de verse obligado a retirarse en 2010 por un escándalo de comportamiento fuera del dohyo, un incidente que reflejó las tensiones culturales entre el código de conducta esperado de un yokozuna y los valores del competidor moderno.
Hakuho y la era de la dominación total
Con Hakuho, la dominación mongola alcanzó su cénit. El 69.º yokozuna ganó 45 basho en una carrera que se extendió de 2007 a 2021, dejando atrás todos los récords concebibles. En algunos años, Hakuho ganó cinco de los seis basho anuales. Su dominio fue tan completo que algunos aficionados comenzaron a quejarse de que el sumo había perdido emoción.
La reacción institucional
La Japan Sumo Association respondió a la dominación extranjera limitando el número de luchadores no japoneses por heya a uno. Esta regla, aunque nunca formulada explícitamente como restricción étnica, tuvo ese efecto práctico. También se intensificó la exigencia de la hinkaku (conducta honorable) como criterio para el yokozuna, un estándar más fácilmente aplicable a comportamientos que no encajan con la cultura japonesa tradicional.
El impacto en el sumo japonés
La dominación extranjera tuvo un efecto paradójico en el sumo: lo globalizó y a la vez estimuló el orgullo japonés por recuperar el protagonismo. Luchadores japoneses como Kisenosato (que se convirtió en el primer yokozuna japonés en 19 años en 2017), Mitakeumi y Terunofuji (de padre mongol pero con ciudadanía japonesa) se convirtieron en héroes nacionales precisamente porque rompían la hegemonía extranjera.
La situación actual
Hoy el sumo sigue siendo un deporte en el que la excelencia no tiene fronteras. La presencia de luchadores de Mongolia, pero también de Georgia, Estonia, Brasil y otros países, es una realidad consolidada. El sumo ha sabido mantener su esencia cultural japonesa mientras se abre al mundo, y esa tensión entre tradición y modernidad sigue siendo una de las narrativas más interesantes del deporte.