Los Juegos Olímpicos tienen una regla no escrita: las competiciones se celebran en o cerca de la ciudad anfitriona. El atletismo en el estadio olímpico. La natación en el centro acuático. La vela en el puerto más cercano. Hay algunas excepciones logísticas, pero nada comparable a lo que ocurrió en París 2024: la competición de surf se celebró en Teahupo’o, Tahití, a más de 15.000 kilómetros de Francia continental. Y la razón es simplemente que en el Canal de la Mancha no hay olas.
El debut en Tokio: surf contra el reloj
El surf llegó al programa olímpico en 2016, cuando el COI anunció su inclusión para los Juegos de Tokio 2020. Para los veteranos del surf, la noticia fue recibida con sentimientos encontrados. El surf tiene una identidad contraculural fuerte —nació al margen del sistema y orgulloso de ello— y muchos en la comunidad temían que la olimpificación lo desvirtuara.
El debut se celebró en la playa de Tsurigasaki, a unos 100 kilómetros al sur de Tokio. Las condiciones fueron irregulares —el surf es esclavo de las condiciones meteorológicas— pero el formato funcionó. La imagen de los surfistas compitiendo con el Monte Fuji al fondo en algunas sesiones fue icónica. Italo Ferreira y Carissa Moore se llevaron los primeros oros olímpicos de la historia del surf.
Teahupo’o: la ola que no puede crearse en una piscina
Para París 2024, el debate era diferente. La costa francesa del Atlántico y el Canal de la Mancha no ofrecen condiciones adecuadas para el surf de competición de alto nivel. La alternativa más obvia habría sido una piscina de olas artificiales —la tecnología existe y se usa en el circuito de la WSL— pero el surf olímpico eligió apostar por lo natural.
Teahupo’o, en la isla de Tahití, es una de las olas más famosas y temidas del mundo. Es un tubo —una ola que rompe creando un cilindro hueco de agua— de consistencia y tamaño excepcionales, generado sobre un arrecife de coral a escasos metros de la superficie. Para los surfistas, es un lugar mítico. Para el público no especializado, las imágenes de surfistas dentro de ese tubo translúcido son de las más espectaculares que puede ofrecer el deporte.
La polémica de la plataforma
La celebración en Teahupo’o no estuvo exenta de polémica. Para instalar la torre de jueces y las estructuras necesarias para la transmisión televisiva, los organizadores propusieron hincar pilones de metal en el arrecife de coral, un ecosistema de excepcional valor ecológico. Los surfistas locales y los ecologistas polinésicos protestaron con fuerza, y el diseño tuvo que ser modificado para minimizar el impacto ambiental.
El episodio ilustra una tensión que el surf olímpico va a tener que gestionar indefinidamente: el deporte depende de entornos naturales frágiles, y la escala logística olímpica puede amenazar precisamente lo que hace valiosos esos entornos.
El futuro del surf olímpico
El surf está confirmado en el programa de los Juegos de Los Ángeles 2028, donde la competición podría celebrarse en alguna de las playas legendarias del sur de California. La pregunta que sigue abierta es si el surf olímpico encontrará un equilibrio entre la lógica televisiva y comercial del olimpismo y la esencia de un deporte que, en su mejor versión, no se puede planificar: depende del viento, de la marea y de la geografía.