Hay un pueblo en la costa de Portugal que ha cambiado lo que la humanidad creía posible en el surf. Nazaré, con sus casas blancas y su faro en el promontorio, parece un destino turístico tranquilo durante la mayor parte del año. Pero cuando las tormentas del Atlántico norte llegan en otoño e invierno, las aguas frente a su costa se transforman en algo que no existe en ningún otro lugar del planeta: las olas más grandes que cualquier humano ha surfeado.
El secreto bajo el océano
La explicación del fenómeno de Nazaré no está en la superficie del agua sino a cinco kilómetros de profundidad. Frente a la costa portuguesa existe el Cañón de Nazaré, una fosa submarina de 230 kilómetros de longitud —más larga que la isla de Cuba— y hasta 5.000 metros de profundidad. Este accidente geográfico actúa como una guía y amplificador para la energía de las olas atlánticas.
Cuando una ola del norte del Atlántico viaja hacia la costa y encuentra el cañón, su energía —en lugar de dispersarse gradualmente como ocurriría en un fondo marino normal— queda canalizada y comprimida. Al llegar a la parte final del cañón, esa energía acumulada emerge de golpe, generando olas de una altura que sencillamente no existe en otras playas del mundo.
El día que Koxa rompió el récord
El 8 de noviembre de 2017, el surfista brasileño Rodrigo Koxa estaba esperando en el agua frente a Nazaré. Iba a ser un día histórico. La ola que se aproximó medía, según la certificación posterior del Libro Guinness, 24,38 metros de altura. Para hacerse una idea: es el equivalente a un edificio de ocho plantas.
Koxa fue remolcado hasta la posición correcta por una moto de agua —la técnica estándar para las olas gigantes, ya que remar hasta ellas es simplemente imposible— y bajó por la pared de agua en un descenso que duró apenas unos segundos pero quedó grabado en la historia del deporte.
El récord fue certificado en mayo de 2018 en el evento WSL Big Wave Awards, donde se analizan las imágenes de todo el invierno y se otorgan reconocimientos a las actuaciones más excepcionales.
Más allá del récord oficial
Los récords en el big wave surfing son notoriamente difíciles de certificar. La medición de las olas no es una ciencia exacta: los jueces estiman la altura comparando la posición del surfista con la cresta de la ola usando fotografías y vídeos. Pequeñas diferencias en el ángulo de la cámara pueden cambiar la medición en metros.
El alemán Sebastian Steudtner reclamó en octubre de 2020 haber surfeado una ola de 26,21 metros, también en Nazaré. La certificación de ese récord estuvo en proceso durante meses, y a principios de 2021 el Libro Guinness confirmó la hazaña, superando oficialmente el récord de Koxa.
El peligro que no sale en los vídeos
Los vídeos de las olas gigantes de Nazaré son espectaculares, pero raramente muestran lo que ocurre cuando un surfista cae. Caerse en una ola de 20 metros no es simplemente caerse al agua: es ser golpeado por toneladas de agua que se mueven a decenas de kilómetros por hora, ser arrastrado bajo la superficie durante 30, 40 o 50 segundos sin poder respirar, y en muchos casos ser golpeado por la siguiente ola antes de poder recuperarse.
Los surfistas de big wave entrenan específicamente para aguantar la respiración en situaciones de estrés extremo. Muchos trabajan con apneistas profesionales. Todos saben que cada sesión en Nazaré lleva un riesgo real de muerte. Es ese conocimiento, y la decisión de seguir igualmente, lo que hace del big wave surfing uno de los deportes más extraordinarios que existen.