Las mujeres han surfeado desde siempre. Están en los grabados hawaianos antiguos, estuvieron en las playas de California de los años 50 y 60, y fueron parte de la revolución del surf moderno desde sus primeros días. Pero durante décadas, el surf femenino profesional existió en un plano de segunda categoría: menos dinero, menos atención mediática, menos olas grandes y menos respeto que sus colegas masculinos.
La historia de cómo el surf femenino pasó de esa segunda categoría a la paridad total es uno de los relatos más inspiradores del deporte contemporáneo, impulsado por las propias atletas que se negaron a aceptar que su surf valía menos que el de los hombres.
Los primeros años: surf femenino de elite sin reconocimiento
El circuito profesional femenino de surf existe desde finales de los años 70, prácticamente al mismo tiempo que el masculino. Desde los primeros años hubo campeonas del mundo brillantes: Margo Oberg, Lynne Boyer, Frieda Zamba. Pero los premios que recibían eran una fracción de los que ganaban los hombres, la cobertura mediática era mínima y las condiciones en las que competían eran generalmente peores: olas más pequeñas, spots menos espectaculares, menos tiempo en el agua.
Esta disparidad tenía una justificación implícita que nadie verbalizaba abiertamente pero que todos en la industria conocían: el surf femenino no generaba el mismo interés comercial que el masculino, y por tanto no merecía la misma inversión. Era un argumento circular y autorreferencial: como no se invertía en visibilidad del surf femenino, no generaba audiencia, y como no generaba audiencia, no se justificaba la inversión.
Layne Beachley y Stephanie Gilmore: las grandes campeonas
Si el surf femenino logró mantener su nivel de excelencia a pesar de las condiciones desiguales fue gracias al talento y la determinación de sus mejores practicantes. Layne Beachley, la australiana de Sydney, ganó siete títulos mundiales entre 1998 y 2006, estableciendo un récord que parecía imbatible. Su surf, potente y agresivo, era la respuesta definitiva a quienes sugerían que el surf femenino era menos espectacular que el masculino.
Stephanie Gilmore llegó en 2007 y desde su primer año en el circuito demostró un talento que redefinió el estilo del surf femenino: fluida, elegante y tremendamente efectiva en los tubos y en las maniobras de alta puntuación. Gilmore igualó los siete títulos de Beachley y luego los superó con su octavo en 2022, convirtiéndose en la surfista más laureada de la historia.
La batalla por la paridad
La campaña por la igualdad de premios en el surf profesional fue larga y a veces amarga. Las surfistas argumentaban que competían en el mismo circuito, con el mismo nivel de dedicación y profesionalismo, y que no existía ninguna razón objetiva para que sus premios fueran inferiores. Los directivos del circuito respondían con argumentos de mercado: la audiencia masculina era mayor, los patrocinadores pagaban más por asociarse a los hombres.
El punto de inflexión llegó en 2018, cuando la WSL, bajo su nueva dirección, anunció que a partir de 2019 los premios serían idénticos para hombres y mujeres en todas las etapas del circuito principal. Fue un momento histórico para el surf femenino y también un ejemplo para otros deportes que seguían debatiendo la misma cuestión.
Los Juegos Olímpicos y el futuro
La inclusión del surf en los Juegos Olímpicos de Tokyo 2020 fue también un momento de reconocimiento para el surf femenino. La hawaiana Carissa Moore, cuatro veces campeona del mundo, ganó el primer oro olímpico de la historia del surf femenino con un surf espectacular que convenció a los millones de espectadores que seguían la competición por primera vez. Los Juegos de París 2024, celebrados en Teahupo’o (Tahití), produjeron imágenes de surf femenino igualmente memorables.
El surf femenino ya no necesita justificarse ni pedir permiso para existir al más alto nivel. Sus mejores practicantes surfean las mismas olas, ganan los mismos premios y generan la misma admiración que sus colegas masculinos. El camino fue largo y desigual, pero el destino estaba claro desde el principio.