La imagen popular del surf lo sitúa en los años 60 del siglo XX, en las playas de California y Hawái, con tablas largas y música de los Beach Boys. Es una imagen bonita pero profundamente inexacta. El surf es uno de los deportes más antiguos del mundo, con raíces que se pierden en la prehistoria polinesiana, y su historia incluye un capítulo oscuro: el intento de los misioneros occidentales de erradicarlo por considerarlo inmoral.
Tres mil años sobre las olas
Los registros arqueológicos más antiguos de actividad relacionada con el surf se encontraron en Perú, donde los pescadores preincaicos usaban embarcaciones de totora llamadas “caballitos de totora” para deslizarse sobre las olas hace unos 3.000 años. No eran tablas de surf en el sentido moderno, pero el principio —usar la energía de las olas para moverse— era el mismo.
En Hawái y en la Polinesia más amplia, el he’e nalu (literalmente “deslizarse sobre las olas” en hawaiano) era una práctica cultural de gran importancia. No era solo un entretenimiento: los rangos sociales determinaban qué tipos de olas podía surfear cada persona, los mejores breaks eran reservados para la nobleza, y las tablas —algunas de más de cinco metros, talladas en árboles koa sagrados— eran objetos de gran valor. El surf estaba entretejido en la religión, la sociedad y la identidad hawaiana.
El intento de prohibición
En 1820 llegaron los primeros misioneros calvinistas de Nueva Inglaterra a las islas Hawái. Lo que vieron en las playas los escandalizó: hombres y mujeres surfeando juntos, a menudo con poca ropa, apostando sobre los resultados y celebrando con bailes y cánticos. Para su sensibilidad puritana, era una manifestación de inmoralidad pagana que había que erradicar.
Los misioneros usaron su creciente influencia sobre la realeza hawaiana —que se fue convirtiendo al cristianismo en las décadas siguientes— para desincentivar activamente el surf. No hubo una prohibición legal formal, pero la presión social y cultural fue suficiente para causar un declive dramático. A finales del siglo XIX, el surf casi había desaparecido de Hawái. Las tablas ya no se tallaban con la misma frecuencia, los rituales asociados al surf se abandonaron y las playas quedaron cada vez más vacías.
Duke Kahanamoku y la resurrección
El rescate del surf moderno se debe en gran parte a un hombre: Duke Kahanamoku, nacido en Honolulú en 1890. Nadador olímpico de excepcionales cualidades —ganó el oro en los 100 metros libres en los Juegos de Estocolmo 1912 y en Amberes 1920—, Kahanamoku era también un surfista apasionado que llevó el deporte en sus viajes por todo el mundo.
En 1914, durante una visita a Sydney, Kahanamoku hizo una demostración de surf que causó sensación en la costa australiana. Se atribuye a esa visita el inicio del surf en Australia. En California, sus exhibiciones en las playas de Los Ángeles y Santa Cruz contribuyeron a despertar el interés por el surf en la costa oeste americana.
Kahanamoku fue mucho más que un deportista: fue el embajador cultural que rescató el surf de su casi extinción y lo convirtió en un fenómeno global. Hoy, su estatua preside la playa de Waikiki, con los brazos abiertos, mirando al océano que amó toda su vida.