Arantxa Sánchez Vicario es la primera gran figura del tenis femenino español. Nacida el 18 de diciembre de 1971 en Barcelona, en el seno de una familia con profunda tradición tennística, ganó cuatro títulos de Grand Slam y fue la primera jugadora española en alcanzar el número uno del mundo. Su carrera, que se extiende desde finales de los años ochenta hasta bien entrados los dos mil, abrió el camino que luego recorrieron Conchita Martínez, Virginia Ruano y, más recientemente, Garbiñe Muguruza y Paula Badosa.
Una familia de tenis y una precoz irrupción
Los Sánchez Vicario son una saga tennística como pocas hay en la historia del deporte español. Sus tres hermanos —Emilio, Javier y Mariona— también fueron tenistas profesionales, lo que convirtió el hogar familiar en un auténtico laboratorio del tenis. Arantxa fue la que más alto llegó, pero creció en un entorno competitivo donde la raqueta era algo cotidiano y la exigencia, la norma.
Con solo dieciséis años, debutó en el circuito profesional. A los diecisiete, en 1989, protagonizó uno de los grandes golpes de efecto del tenis femenino: derrotó a Steffi Graf en la final de Roland Garros para convertirse en la campeona más joven del torneo parisino y en la primera española que ganaba un Grand Slam. La victoria fue recibida en España como un acontecimiento histórico.
El esplendor de los años noventa
Los noventa fueron la década de Arantxa. Combinó potencia desde el fondo de la pista, una velocidad de desplazamiento extraordinaria y una tenacidad competitiva que hacía casi imposible ganarle por abandono mental. Su estilo no era el de las jugadoras con golpes devastadores —no tenía el saque de las americanas ni el revés cortado de Navratilova— pero compensaba con una consistencia, una resistencia y una inteligencia táctica que le permitían imponerse en partidos larguísimos.
En 1994 vivió su mejor temporada: ganó Roland Garros y el US Open, los dos Grand Slams que disputó en tierra batida y en pista dura durante ese año, y llegó a finales en múltiples torneos del circuito. En 1995 alcanzó por primera vez el número uno del mundo, cima que ninguna española había pisado antes.
Su palmarés incluye nueve finales de Grand Slam —cuatro ganadas y cinco perdidas— y más de treinta títulos en el circuito WTA. Fue, junto a Graf y Seles, una de las jugadoras dominantes de su era.
Barcelona 1992: la cima emocional
Si hay un momento que condensa la dimensión simbólica de Arantxa, ese es el verano de 1992 en Barcelona. Los Juegos Olímpicos se celebraban en su ciudad natal y ella era una de las grandes favoritas tanto en individuales como en dobles. En el torneo femenino individual llegó a la final, donde perdió ante Jennifer Capriati, pero se llevó la medalla de plata. En dobles, junto a Conchita Martínez, ganó el oro olímpico después de una competición impecable.
Competir ante el público español, en el Vall d’Hebron de Barcelona, fue una experiencia que Arantxa siempre ha descrito como una de las más intensas de su vida deportiva. El estadio vibraba con cada punto y la ovación que recibió al ganar el oro en dobles quedó grabada en la memoria colectiva del deporte español.
La pionera que abrió el camino
El legado de Arantxa Sánchez Vicario va más allá de sus títulos. Fue la primera española que demostró que una mujer podía competir al más alto nivel en el tenis mundial, ganar grandes torneos y mantenerse durante más de una década entre la élite. Cuando ella ganó su primer Roland Garros en 1989, el tenis femenino español era prácticamente inexistente en el panorama internacional.
Gracias a ella, el deporte se popularizó entre las jóvenes españolas, las federaciones autonómicas multiplicaron sus programas de base y surgieron las condiciones para que una generación posterior pudiera soñar con Wimbledon o el US Open. Sin Arantxa, es difícil imaginar el recorrido de Conchita Martínez, que ganó Wimbledon en 1994 siendo compañera de selección y, en muchos sentidos, continuadora de una tradición que Arantxa había fundado.
Hoy, retirada del circuito profesional, Arantxa se mantiene vinculada al tenis a través de actividades de promoción y apariciones públicas. Su nombre sigue siendo sinónimo del mejor tenis femenino español de la historia, y su figura ocupa un lugar de honor en la galería de los grandes del deporte español del siglo XX.