En el universo del ulama, un deporte practicado por menos de doscientas personas en el mundo entero, la familia Lizárraga de Mocorito ocupa un lugar de honor especial. No son famosos en el sentido moderno: no hay contratos publicitarios, ni seguidores en redes sociales, ni cobertura mediática permanente. Son algo más fundamental: son la encarnación viva de una cadena de transmisión cultural que lleva más de tres mil años sin romperse.
Una familia de jugadores de ulama
La familia Lizárraga lleva al menos cuatro generaciones practicando el ulama en el municipio de Mocorito, Sinaloa. Los investigadores y documentalistas que han visitado la comunidad a lo largo del siglo XX —entre ellos el propio Ted Leyenaar— coinciden en señalar a esta familia como uno de los núcleos más activos y más comprometidos con la práctica y la transmisión del juego.
La historia familiar del ulama no es solo práctica deportiva: es también memoria viva. Los miembros de mayor edad de la familia son depositarios de una tradición oral sobre el juego —sus reglas, sus variantes locales, sus rituales sociales— que no existe en ningún libro y que solo puede transmitirse de una persona a otra en el contexto de la práctica directa.
Los jugadores de la generación histórica
Los jugadores de la familia Lizárraga que fueron documentados por investigadores como Leyenaar en los años sesenta y setenta del siglo XX son figuras de referencia en la historia del ulama moderno. Eran los depositarios de un conocimiento que estaba en riesgo de perderse, y su disposición a compartirlo con investigadores y a seguir practicándolo activamente fue crucial para la supervivencia del juego.
Estos jugadores habían aprendido el ulama de sus padres y abuelos, que a su vez lo habían aprendido de los suyos, en una cadena de transmisión que se perdía en la historia no documentada del siglo XIX y antes. Cada uno de ellos era, sin saberlo, un eslabón en la cadena más larga del deporte humano.
La transmisión a las generaciones jóvenes
El mayor éxito y el mayor reto de la familia Lizárraga es el mismo: la transmisión del juego a las generaciones más jóvenes. En las comunidades de Sinaloa del siglo XXI, los jóvenes tienen acceso a deportes globalmente populares como el fútbol y el béisbol, a los videojuegos y a las oportunidades económicas de las ciudades. El ulama, con su dificultad física inicial y su falta de visibilidad en los medios, debe competir con todos estos atractivos.
Sin embargo, la familia Lizárraga ha conseguido que varias de sus generaciones más jóvenes aprendieran y practicaran el ulama. Esto no es un logro menor: en muchas familias del entorno, la cadena de transmisión se ha roto y los conocimientos del juego se han perdido.
El papel de la identidad familiar
Lo que hace que la familia Lizárraga haya mantenido el ulama cuando otras lo han abandonado tiene mucho que ver con la identidad. En esta familia, jugar al ulama no es solo un pasatiempo o un hobby: es parte de quiénes son. Es la manera en que se conectan con sus antepasados, con su comunidad y con una historia que les pertenece de forma única.
Esta dimensión identitaria del ulama —el sentido de ser los guardianes de algo precioso e irreemplazable— es lo que mejor explica la persistencia de familias como los Lizárraga frente a las presiones de la modernización. No es nostalgia superficial: es un compromiso profundo con la continuidad de algo que no puede comprarse ni recrearse artificialmente.
El reconocimiento que merecen
Las familias que han mantenido vivo el ulama en Sinaloa, de las que los Lizárraga son el ejemplo más conocido, merecen un reconocimiento que todavía no es proporcional a su contribución. Sin ellas, el ulama sería hoy solo arqueología y textos académicos. Gracias a ellas, es todavía un deporte que se juega, que se aprende y que genera la emoción genuina de la competencia.
Son los custodios de un patrimonio que pertenece no solo a Sinaloa o a México, sino a la humanidad entera.