Antes de que existiera el fútbol, el béisbol o cualquier otro deporte moderno, el juego de pelota mesoamericano era el deporte con mayor extensión geográfica del continente americano. Su distribución, documentada por más de 1.300 campos de piedra excavados por arqueólogos, abarca una zona que va desde el sur de los actuales Estados Unidos hasta Centroamérica.
La distribución geográfica
Los campos de pelota mesoamericanos han sido identificados en todos los países que forman Mesoamérica:
- México: la mayor concentración, con campos en casi todos los estados, desde Sonora en el norte hasta Chiapas en el sur.
- Guatemala, Belice, Honduras, El Salvador: los territorios de la civilización maya están sembrados de campos de pelota, con El Tajín en Veracruz representando la mayor concentración en un solo yacimiento (11 campos).
- Nicaragua: los campos más meridionales conocidos del juego de pelota mesoamericano, marcando el límite sur de su distribución.
En el norte, evidencias del juego de pelota han sido encontradas en yacimientos del suroeste de los actuales Estados Unidos (Arizona, Nuevo México), lo que indica que el juego viajó por las rutas comerciales hasta culturas del norte como los hohokam.
El significado de 1.300 campos
Construir un campo de pelota en piedra requería un esfuerzo significativo: seleccionar y trasladar piedras, construir las plataformas laterales, nivelar el suelo. El hecho de que más de 1.300 de estas estructuras hayan sobrevivido hasta hoy —y que el número real de campos construidos fuera probablemente mucho mayor, incluyendo los de materiales perecederos— da la medida de la importancia del juego.
En muchas ciudades mesoamericanas, el campo de pelota era la segunda estructura en importancia después del templo principal. En El Tajín, con sus once campos, era el elemento urbano más repetido. Esta priorización arquitectónica del campo de pelota es uno de los indicadores más claros de la centralidad del juego en la vida religiosa, política y social de las civilizaciones mesoamericanas.
Del récord geográfico a la supervivencia puntual
El contraste entre la extensión geográfica pasada —miles de kilómetros, 1.300 campos documentados, decenas de culturas practicando el juego— y la supervivencia presente —unas pocas canchas de tierra en dos municipios de Sinaloa, entre 100 y 200 jugadores— es quizás el dato más elocuente sobre el impacto de la conquista española en el patrimonio cultural indígena de América.
En menos de un siglo, entre 1519 y el final del siglo XVI, una práctica deportiva que ocupaba un área de más de 3 millones de kilómetros cuadrados fue reducida a unas pocas comunidades de una sola región. El ulama moderno es el punto de un mapa que antes era todo un continente.