El atletismo es el deporte que más directamente refleja las capacidades del cuerpo humano. Por eso, cuando el dopaje aparece en él, la traición se siente de manera especial. A lo largo de su historia, el deporte rey ha vivido escándalos que han sacudido no solo las clasificaciones, sino también la confianza del público en el deporte.
El momento que lo cambió todo: Seúl 1988
El 24 de septiembre de 1988, el velocista canadiense Ben Johnson cruzó en primer lugar la meta de los 100 metros olímpicos en 9.79 segundos, un récord del mundo que parecía inalcanzable. Tres días después, el mundo del deporte vivió una de sus mayores sacudidas: Johnson había dado positivo en estanozolol, un esteroide anabolizante. La medalla de oro fue entregada a Carl Lewis, quien con el tiempo también vería salpicada su reputación por positivos no divulgados durante años.
Lo que el caso Johnson dejó al descubierto fue que el problema no era un atleta aislado sino un sistema extendido. Investigaciones posteriores revelaron que varios de los finalistas de aquella carrera habían tenido contacto con sustancias prohibidas a lo largo de sus carreras. La prensa bautizó aquella final como «la carrera más sucia de la historia».
Los años noventa y la era de la EPO
Si los años ochenta estuvieron marcados por los esteroides, la siguiente década trajo una amenaza nueva y más difícil de detectar: la eritropoyetina, conocida como EPO. Esta hormona, que aumenta la producción de glóbulos rojos y por tanto el transporte de oxígeno a los músculos, resultó casi indetectable durante años.
Las pruebas de fondo y medio fondo fueron las más afectadas. Atletas de Kenia, Etiopía, Marruecos y Europa del Este batían récords con una regularidad sospechosa. No fue hasta el año 2000 cuando se desarrolló un test fiable para detectar EPO en orina, y los controles mejoraron con la introducción del pasaporte biológico en 2008.
El escándalo ruso y la exclusión de un país entero
El caso más reciente y de mayor envergadura institucional es sin duda el de Rusia. En 2015, una investigación de la WADA reveló un programa de dopaje de Estado que afectaba a decenas de atletas, con la complicidad de laboratorios antidopaje y servicios de inteligencia. El resultado fue la suspensión de la Federación Rusa de Atletismo, cuyos atletas han competido desde entonces bajo banderas neutrales en sucesivos Juegos Olímpicos.
El caso ruso demostró que el dopaje podía operar como política gubernamental, lo que obligó a World Athletics y al Comité Olímpico Internacional a replantearse los mecanismos de supervisión a escala nacional.
Un deporte que aprende de sus heridas
La historia del dopaje en el atletismo no es solo la historia del fraude: es también la historia de un deporte que ha luchado por recuperar su credibilidad. Las inversiones en ciencia antidopaje, la mayor transparencia en los resultados de los controles y la educación de los atletas son señales de un ecosistema que, pese a todo, sigue intentando preservar el ideal de la competición limpia.