El rebote es una de las estadísticas más fundamentales del baloncesto. Capturar el balón tras un tiro fallado determina quién tiene la siguiente posesión, y la posesión es la moneda del baloncesto. Un equipo que domina el rebote defensivo limita las segundas oportunidades del rival; un equipo fuerte en el rebote ofensivo genera más intentos de canasta que sus rivales. Los estudios estadísticos muestran consistentemente que el dominio del rebote total es uno de los mejores predictores del resultado de un partido.
Dennis Rodman es el estudio de caso más fascinante en la historia del rebote. Con solo 2,01 metros, fue el mejor reboteador de su era por un margen considerable, logrando siete títulos consecutivos de máximo reboteador de la NBA. Su secreto no era la estatura sino la anticipación: Rodman estudiaba la trayectoria de los tiros de sus compañeros en los entrenamientos para calcular dónde rebotaría el balón antes de que saliera de la mano del lanzador. Ese conocimiento, combinado con su intensidad competitiva, le dio una ventaja que ningún físico podía replicar.
El rebote ofensivo tiene una importancia táctica especial porque rompe el principio básico del intercambio de posesiones. En un partido equilibrado, cada equipo tiene el mismo número de posesiones; el rebote ofensivo crea posesiones adicionales para el equipo atacante. Por eso algunos entrenadores miden el porcentaje de rebotes ofensivos como un indicador de la agresividad y el esfuerzo de su equipo. Nikola Jokic, Andre Drummond y Giannis Antetokounmpo son los reboteadores más dominantes del baloncesto contemporáneo.