Pocos deportes tienen una fecha de nacimiento tan precisa como el baloncesto. La mayoría de los grandes deportes evolucionaron durante siglos a partir de juegos populares primitivos, pero el baloncesto fue literalmente inventado por una persona en un momento concreto. Esa persona fue James Naismith, y aquel momento fue el invierno de 1891 en la ciudad de Springfield, Massachusetts.
James Naismith y el problema del invierno
James Naismith nació en 1861 en Almonte, Ontario (Canadá). Era un joven educador físico con formación en teología y una profunda convicción de que el deporte podía ser un instrumento de desarrollo moral y social. En 1891 trabajaba como profesor en la YMCA International Training School de Springfield, una institución que formaba líderes para los programas de la Asociación Cristiana de Jóvenes en Estados Unidos.
El problema que tenía que resolver Naismith ese diciembre era muy concreto: sus alumnos —un grupo de jóvenes activos acostumbrados al ejercicio al aire libre— se estaban volviendo imposibles de gestionar durante los meses de invierno, cuando el frío obligaba a permanecer en el interior del gimnasio. Las actividades de interior disponibles les parecían aburridas, y el ambiente en la clase se había deteriorado considerablemente.
Su director le encargó que diseñara un nuevo juego que pudiera practicarse en el espacio reducido del gimnasio, que fuera suficientemente dinámico para mantener el interés de los alumnos y que no implicara el contacto físico violento que caracterizaba al fútbol americano de aquella época.
Las 13 reglas originales y la primera partida
Naismith tardó exactamente dos semanas en desarrollar el concepto básico del nuevo juego. El 21 de diciembre de 1891 distribuyó a sus dieciocho alumnos en dos equipos de nueve, clavó dos cestas de madera usadas para guardar melocotones en la barandilla del balcón del gimnasio a una altura de 3,05 metros (10 pies, medida que se ha mantenido hasta hoy) y estableció las reglas del juego en un documento de 13 puntos.
Las reglas originales establecían que el balón podía lanzarse en cualquier dirección con una o ambas manos, pero no podía golpearse con el puño. El jugador no podía correr con el balón —debía lanzarlo desde el punto donde lo recibía— y no estaba permitido el contacto físico intencionado con el adversario. El equipo que anotara más goles ganaría el partido.
La primera partida de la historia del baloncesto resultó en un modesto 1-0, con el único tanto marcado por William Chase. Pero la reacción de los jugadores fue entusiasta: el juego les había gustado, y el experimento de Naismith había funcionado.
Los primeros años: la expansión por las YMCA
El baloncesto se extendió a una velocidad sorprendente gracias a la red de instituciones YMCA de todo el país. Los alumnos de Springfield que habían participado en aquella primera partida regresaron a sus ciudades de origen llevando consigo las reglas del nuevo juego, y en pocos meses habían surgido equipos y competiciones informales en decenas de ciudades de Estados Unidos.
En enero de 1892, Naismith publicó las reglas del baloncesto en el boletín de la YMCA de Springfield, lo que aceleró aún más la difusión del deporte. La primera versión del reglamento en papel es hoy uno de los documentos deportivos más valiosos del mundo: en 2010, el documento original de las 13 reglas se subastó por 4,3 millones de dólares.
Las primeras modificaciones: del balón de fútbol al balón de baloncesto
El primer balón utilizado para jugar al baloncesto fue un balón de fútbol convencional. No fue hasta 1894 cuando aparecieron los primeros balones específicamente diseñados para el baloncesto, más grandes y con una superficie diferente. En aquella misma época se introdujeron los primeros tableros traseros —inicialmente para evitar que los espectadores del balcón interfirieran en los lanzamientos— y se comenzó a experimentar con cestas de tela en sustitución de las de madera.
El aro abierto que conocemos hoy no apareció hasta principios del siglo XX, cuando alguien tuvo la lógica idea de cortar el fondo de la cesta para que el balón pudiera caer libremente sin necesidad de recuperarlo manualmente después de cada tanto. Este sencillo avance aceleró enormemente el ritmo de juego.