Las faltas pasivas, o juego pasivo, son una infracción específica del balonmano destinada a garantizar que los partidos no se conviertan en ejercicios de posesión indefinida sin intención de atacar. La regla obliga a los equipos a atacar activamente y con intención de gol: circular el balón sin avanzar hacia la portería durante un período prolongado, especialmente cuando el equipo va ganando y quiere agotar el tiempo, se considera juego antideportivo y es sancionado.
El procedimiento para sancionar el juego pasivo tiene dos fases. Primero, el árbitro levanta el brazo señalando el peligro de pasiva: es una advertencia visible tanto para los jugadores como para el público. A partir de ese momento, el reglamento establece que el equipo en posesión tiene un número limitado de pases (generalmente en torno a seis) para lanzar a portería. Si transcurre ese tiempo sin lanzamiento, el árbitro pita golpe franco para el equipo defensor. Esta señal preventiva es característica del balonmano y no existe en muchos otros deportes de equipo.
La regla de juego pasivo tiene una complejidad interpretativa notable: los árbitros deben evaluar la intención del equipo atacante, no solo el número de pases. Un equipo que construye pacientemente una jugada con avances constantes no está siendo pasivo aunque tarde varios segundos; uno que circula el balón lateralmente sin amenazar la portería sí lo es. Esta subjetividad en la aplicación genera debates frecuentes en la competición de alto nivel, y la IHF (Federación Internacional de Balonmano) publica regularmente directrices para unificar los criterios de los árbitros en los campeonatos internacionales.