El lanzamiento de 7 metros, equivalente al penalti en otros deportes de equipo, es la sanción más severa que puede concederse en balonmano. Se otorga cuando la infracción del equipo defensor priva directamente a un atacante de una clara ocasión de gol que de otro modo habría tenido altas probabilidades de materializarse. La más común es que un defensor entre en el área de portería para interceptar un lanzamiento inminente, pero también se concede por otras infracciones graves en situaciones de peligro manifiesto.
La ejecución es directa: el lanzador se coloca en la marca de 7 metros y dispone de 3 segundos para lanzar una vez el árbitro ha pitado. Solo él y el portero rival participan activamente; el resto de jugadores de ambos equipos deben situarse detrás de la línea de 9 metros y no pueden interferir. El lanzador tiene completa libertad de posición detrás de la línea de 7 metros y puede usar cualquier técnica de lanzamiento.
El porcentaje de conversión de los lanzamientos de 7 metros en el balonmano de élite se sitúa habitualmente entre el 70% y el 85%, lo que lo convierte en una oportunidad casi garantizada de gol pero con margen para la intervención del portero. Los porteros especializados en detener penaltis —como el islandés Bjorgvin Gudmundsson o el español Rodrigo Corrales— representan un activo enorme para sus equipos. En partidos igualados o en lanzamientos de desempate (el equivalente al shootout), la destreza en los 7 metros puede decidir títulos internacionales.