Hay países donde el béisbol es un deporte popular. Y luego está Cuba, donde el béisbol es algo que se parece más a una religión nacional que a un pasatiempo. Y durante décadas, esa pasión existió en tensión permanente con un sistema político que convirtió a los mejores jugadores del mundo en prisioneros de su propio talento.
La introducción del béisbol en Cuba
El béisbol llegó a Cuba en la segunda mitad del siglo XIX, introducido por estudiantes cubanos que habían estudiado en Estados Unidos y por marineros americanos. Se instaló con una rapidez que desconcertó a los colonizadores españoles: el béisbol se convirtió en símbolo de modernidad y de diferenciación cultural respecto a España, cuyos deportes tradicionales eran las corridas de toros.
La primera liga cubana se organizó en 1878, antes de que la isla fuera independiente. Cuando llegó la independencia en 1898, el béisbol ya era el deporte más popular del país.
La Revolución y el deporte como arma
Cuando Fidel Castro tomó el poder en 1959, el béisbol cubano era ya formidable. Castro, él mismo aficionado al béisbol desde joven (existe una fotografía famosa de él lanzando en uniforme, aunque la historia de que tuvo pruebas con los Yankees es casi seguramente un mito), entendió el potencial del deporte como herramienta ideológica.
El sistema cubano invirtió masivamente en la formación de jugadores desde edades muy tempranas. Los mejores atletas del país tenían acceso a instalaciones, entrenadores y nutrición que en un país pobre eran recursos escasos. A cambio, competían bajo la bandera cubana en torneos internacionales y no podían jugar en ligas extranjeras profesionales.
El resultado fue una dominancia aplastante en el béisbol amateur mundial. Cuba ganó 25 Campeonatos del Mundo de béisbol entre 1939 y 2003. En los Juegos Olímpicos, cuando el béisbol fue deporte olímpico (1992-2008), Cuba ganó el oro en 1992 y 1996 y la plata en 2000 y 2004.
El precio humano: los desertores
Lo que el sistema no podía controlar era la tentación. Los mejores jugadores cubanos podían ver que en las Grandes Ligas sus semejantes ganaban decenas de millones de dólares. Algunos decidieron que el precio valía la pena.
La deserción de un jugador cubano era, durante décadas, una operación de alto riesgo que implicaba travesías en embarcaciones improvisadas a través del Estrecho de la Florida, o fugas durante torneos internacionales, o rutas clandestinas a través de terceros países. Los que lo conseguían perdían el derecho a volver a ver a sus familias. Los que fallaban podían acabar en prisión.
Jugadores como Aroldis Chapman (que se escapó durante el Campeonato del Mundo de 2009 en Rotterdam), Yasiel Puig (cuya travesía en balsa fue organizada por una red criminal mexicana) o José Abreu (que fingió una visita médica en Haití) arriesgaron sus vidas para jugar libremente.
A partir de 2013, el gobierno cubano fue abriendo progresivamente la posibilidad de que sus jugadores compitieran en ligas extranjeras con acuerdos formales. El sistema se fue relajando. Pero las historias de los que escaparon antes de ese cambio son un recordatorio de cuánto puede pesar la pasión por un deporte.