El béisbol lleva más de un siglo obsesionado con las estadísticas. El promedio de bateo, las carreras impulsadas, las victorias de un pitcher: durante décadas, estos números definieron el valor de un jugador y guiaron las decisiones de los equipos. Entonces llegó un aficionado llamado Bill James que empezó a hacerse preguntas incómodas, y el béisbol nunca volvió a ser el mismo.
Bill James y el nacimiento de una nueva ciencia
En los años 70, Bill James era un vigilante nocturno de una fábrica de conservas en Kansas que por las noches escribía análisis estadísticos del béisbol que nadie le había pedido. Los publicaba en pequeños folletos que enviaba por correo a quien quisiera suscribirse: al principio, apenas unas decenas de personas. James se hacía preguntas que nadie más se hacía: ¿el promedio de bateo mide realmente quién contribuye más a ganar partidos? ¿Las victorias de un pitcher dependen del pitcher o del equipo que tiene detrás? ¿Por qué se valora tanto a los jugadores que roban bases si el robo solo tiene sentido cuando tiene una tasa de éxito muy alta?
Las respuestas de James eran rigurosas, provocadoras y, con frecuencia, contrarias a la sabiduría convencional del béisbol. Sus Baseball Abstracts anuales fueron ganando lectores hasta convertirse en un fenómeno de culto. James llamó a su enfoque sabermetrics, en honor a la Society for American Baseball Research (SABR), la asociación de investigadores del béisbol.
Moneyball: cuando los datos llegaron al campo
Durante décadas, el sabermetrics fue una curiosidad académica que los equipos de la MLB ignoraban olímpicamente. Eso cambió con los Oakland Athletics y su director general Billy Beane. A principios de los años 2000, los A’s eran uno de los equipos con menor presupuesto de la liga: no podían competir con los Yankees o los Red Sox en el mercado de jugadores. Beane decidió que si no podía ganarles en dinero, les ganaría en información.
Asesorado por su asistente Paul DePodesta y por los trabajos de James, Beane empezó a reclutar jugadores que las métricas avanzadas señalaban como infravalorados por el mercado tradicional: jugadores con alto OBP (porcentaje de llegada a base) a los que los scouts ignoraban porque tenían un cuerpo “poco atlético” o una mecánica de bateo poco ortodoxa. El resultado fue el equipo de Moneyball: los A’s de 2002, que ganaron 20 partidos consecutivos, llegaron a los playoffs y lo hicieron con el tercer presupuesto más bajo de la MLB.
Michael Lewis convirtió la historia en un libro superventas en 2003, y la película de Brad Pitt en 2011 la llevó a la cultura popular. De repente, todo el mundo hablaba de OBP, de WAR y de por qué las carreras impulsadas son una estadística engañosa.
La revolución se extiende a toda la liga
El impacto de Moneyball fue inmediato y total. En pocos años, todos los equipos de la MLB crearon departamentos de análisis avanzado. Los Boston Red Sox contrataron a James directamente en 2003 y ganaron la World Series en 2004 —la primera en 86 años— usando en parte sus métodos. Hoy, el sabermetrics no es una ventaja competitiva: es el estándar de la industria.
Las métricas han evolucionado enormemente. La revolución Statcast, que desde 2015 permite medir la velocidad de salida de la pelota, el ángulo de lanzamiento, la velocidad de sprint y decenas de variables más, ha llevado el análisis a un nivel de detalle que James nunca imaginó. El béisbol moderno es, en gran parte, un deporte gobernado por datos. Y todo empezó con un hombre que vigilaba una fábrica por las noches y se preguntaba si el promedio de bateo realmente importaba.