El grand slam es el momento más glorioso de la ofensiva en béisbol. Para que se produzca deben coincidir dos condiciones: que haya corredores en las tres bases (primera, segunda y tercera, las llamadas bases llenas o loaded bases) y que el bateador conecte un jonrón. En ese instante, los cuatro jugadores que estaban en el campo —el bateador y los tres corredores— recorren todas las bases con total libertad y anotan sus cuatro carreras. No existe jugada de mayor rendimiento en todo el béisbol.
El grand slam puede revertir completamente el curso de un partido. Un equipo que pierde 0-3 puede ponerse en ventaja 4-3 con un solo swing si las condiciones están dadas. Esta capacidad de cambiar el marcador drásticamente en un instante convierte a los grand slams en los momentos más celebrados y recordados de cualquier temporada. En la MLB, los grand slams son relativamente infrecuentes —se producen entre 200 y 250 por temporada repartidos entre 30 equipos— precisamente porque requieren que coincidan las bases llenas con un bateador de poder.
El béisbol moderno premia a los equipos que saben construir innings con corredores en base antes de que llegue el turno de sus bateadores más potentes. Esta táctica de «ensamblar» bases llenas con el cleanup hitter o el bateador de poder esperando su turno es una de las grandes aspiraciones del mánager ofensivo. El grand slam es la máxima recompensa a esa paciencia y construcción del inning.