En los años 1950, la capoeira prácticamente no existía fuera de Brasil. En los años 1970, comenzaba a dar sus primeros pasos internacionales. A principios del siglo XXI, se practicaba en más de 150 países. Esta expansión extraordinaria —de práctica clandestina y marginalizada a patrimonio cultural global reconocido por la UNESCO— es uno de los fenómenos más fascinantes de la historia cultural contemporánea.
Los pioneros de la expansión
La internacionalización de la capoeira fue posible gracias a un puñado de mestres visionarios que decidieron llevar el arte más allá de las fronteras brasileñas. Mestre Bira Almeida (Mestre Acordeon) fue a California en 1978 y fundó una de las primeras academias de capoeira en Estados Unidos. Mestre Jelon Vieira llegó a Nueva York en los años 1970. Mestre João Grande, discípulo de Pastinha, se estableció en Nueva York en 1990 a los 60 años y fundó la academia João Grande, que se convirtió en referencia mundial para la Capoeira Angola.
En Europa, los primeros grupos de capoeira aparecieron en Portugal —naturalmente, por la conexión lingüística y colonial— y luego en Francia, Alemania, Italia y España. La diáspora brasileña fue el primer vector de transmisión: los brasileños que emigraban a Europa llevaban la capoeira en sus cuerpos y frecuentemente la usaban como forma de mantener la conexión con su cultura de origen.
El papel de la diáspora brasileña
La emigración brasileña masiva de los años 1980 y 1990, debida a la crisis económica en Brasil, fue el principal motor de la expansión de la capoeira. Millones de brasileños se establecieron en ciudades de todo el mundo, y muchos de ellos eran capoeiristas que buscaban academias donde continuar practicando o que directamente abrían sus propias academias. Las comunidades brasileñas en Lisboa, Londres, París y Tokio fueron los núcleos iniciales desde los que la capoeira se difundió hacia la población local.
El efecto videojuego y el turismo cultural
En los años 1990, el ya mencionado efecto Tekken generó una demanda completamente nueva: personas sin ninguna conexión con Brasil ni con la comunidad brasileña que querían aprender capoeira porque habían visto a Eddy Gordo. Este nuevo tipo de practicante fue clave para la expansión en Asia, especialmente en Japón y Corea del Sur, donde la cultura de los videojuegos era dominante y donde la capoeira no habría llegado de otra manera.
El turismo cultural también jugó su papel: viajeros que visitaban Salvador de Bahía, asistían a una roda en el Pelourinho —el casco histórico— y regresaban a sus países enamorados de la capoeira. Esta experiencia directa de la capoeira en su contexto más auténtico ha sido un recurso de reclutamiento poderoso y continúa siéndolo.
La capoeira globalizada: retos y oportunidades
La expansión mundial de la capoeira ha traído también desafíos. La autenticidad cultural es uno de ellos: ¿cómo mantiene la capoeira su conexión con sus raíces afrobrasileñas cuando la practican principalmente personas de otras culturas y etnias? Algunos mestres angoleiros expresan preocupación por la folclorización —la reducción de la capoeira a sus aspectos más espectaculares sin comprender su profundidad cultural—, mientras que otros ven en la globalización una oportunidad de que el arte alcance audiencias que nunca habrían tenido acceso de otro modo.
Lo cierto es que la capoeira globalizada ha generado también una comunidad internacional de practicantes que viaja a Brasil para formarse, que aprende portugués para entender las canciones, que estudia la historia afrobrasileña y que contribuye económicamente a mantener vivas las academias de los mestres originales en Bahía. La expansión no ha sido un proceso unidireccional de Brasil hacia el mundo: hay un retorno, en forma de respeto, atención y recursos, que alimenta el centro desde la periferia.