En el ciclismo moderno, donde los corredores se especializan cada vez más en un tipo concreto de carrera, Alejandro Valverde fue durante veinte años la excepción que confirmaba la regla: un corredor completo, capaz de ganar clásicas de un día y grandes vueltas, de sprint después de una subida larga y de ataque por sorpresa en los puertos. El murciano conocido como El Bala construyó una de las carreras más largas y brillantes en la historia del ciclismo y se convirtió en el último de los grandes clásicos españoles.
Las Lumbreras, Murcia: el origen de un campeón
Alejandro Valverde nació el 25 de abril de 1980 en Las Lumbreras, un pequeño municipio de la Región de Murcia. Desde joven demostró unas condiciones físicas excepcionales para el ciclismo: potencia en los puertos, capacidad de explosión al sprint y una resistencia que le permitía mantener un nivel alto durante carreras de varios días. Debutó en el pelotón profesional con el equipo Kelme a principios de los años dos mil y tardó poco en hacerse notar.
Su primer gran impacto internacional llegó en la Vuelta a España de 2003, donde demostró que tenía condiciones para competir con los mejores. A partir de ese momento, su nombre fue creciendo en el ciclismo europeo hasta convertirse en uno de los más respetados del pelotón.
La marca de la Lieja: cinco victorias en la clásica decana
Si hay una carrera que define a Valverde, esa es la Lieja-Bastogne-Lieja. La clásica más antigua del ciclismo, con sus 258 kilómetros a través de las Ardenas belgas y sus múltiples puertos de dificultad media, se ajusta como un guante a las características del murciano: lo suficientemente dura para eliminar a los sprinters puros, lo suficientemente exigente para recompensar a quien tiene potencia en la subida y capacidad de aceleración en la llegada.
Valverde ganó La Doyenne en 2006, 2008, 2014, 2015 y 2017. Cinco victorias que representan el récord absoluto en la historia de la carrera. En algunos de esos triunfos fue el corredor más fuerte de la jornada; en otros demostró una inteligencia táctica superior, esperando el momento exacto para atacar y dejando al resto sin respuesta. La Lieja le pertenecía de una manera que muy pocos corredores pueden decir de ninguna carrera.
La Vuelta a España de 2009 y las grandes vueltas
En 2009, Valverde añadió a su palmarés la victoria en la Vuelta a España. La conquista de la ronda española, en casa y ante su público, fue una de las victorias que más apreció en su larga carrera. Completó el podio con buenos resultados en el Tour de Francia y el Giro de Italia a lo largo de los años, siendo uno de los pocos corredores de su era capaz de pelear en las tres grandes vueltas sin ser un especialista puro en ninguna de ellas.
En 2016, en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro, Valverde conquistó la medalla de bronce en la prueba de ciclismo en ruta, demostrando que a los 36 años seguía siendo un corredor de nivel olímpico.
Innsbruck 2018: el maillot arcoíris al fin
Cuando el Campeonato del Mundo de 2018 se disputó en Innsbruck, con un recorrido duro e irregular que favorecía a los corredores explosivos, muchos vieron a Valverde como favorito. Pero él ya había llegado varias veces como favorito a los Mundiales y el maillot arcoíris le había sido esquivo. Aquella tarde en Austria, con 38 años, saldó la deuda pendiente con el ciclismo: atacó en el ascenso final, distanció a sus rivales y cruzó la línea de meta para convertirse en campeón del mundo.
Era una victoria que reunía todo lo que hacía especial a Valverde: la experiencia de quien ha competido en los mejores escenarios del mundo durante dos décadas, la potencia de un escalador-sprinter que no tiene equivalente exacto en el pelotón, y la tozudez de quien no se rinde ante el paso de los años ni ante los fracasos previos.
Veintiún años en el pelotón de élite
Alejandro Valverde se retiró al final de la temporada 2022, con 42 años, después de veintiún años como ciclista profesional de primer nivel. Es uno de los corredores con mayor longevidad competitiva de la historia del ciclismo de carretera. Su secreto, según él mismo reconoció en múltiples ocasiones, fue la pasión por el deporte, un físico extraordinariamente bien conservado y la capacidad para adaptarse a las distintas etapas de una carrera sin perder la ilusión de ganar.
El Bala dejó el ciclismo con el maillot de campeón del mundo colgado en el armario, cinco Liejas, una Vuelta y decenas de victorias de etapa y carreras de un día. España no ha tenido otro corredor tan completo ni probablemente lo tendrá en mucho tiempo.