El escalador es, junto al esprínter, el prototipo de corredor más definido en el ciclismo de carretera. Su hábitat natural son los grandes puertos de montaña: las rampas del Alpe d’Huez, la Angliru, el Tourmalet o el Zoncolan son escenarios donde los escaladores de élite imponen un ritmo que destruye cualquier resistencia. Su principal activo es la relación potencia-peso: al pesar relativamente poco y generar una potencia aeróbica muy elevada, pueden mantener velocidades de ascensión que resultan inalcanzables para corredores más pesados o menos dotados para la montaña.
El perfil físico del escalador es inconfundible: delgado, ligero, con piernas finas pero enormemente eficientes en la cadencia de pedalada. Los mejores escaladores del mundo pesan entre 55 y 65 kilos con alturas de 1,65 a 1,75 metros, y producen relaciones de potencia-peso de 6 a 7 vatios por kilogramo. Esta combinación les permite atacar en las rampas más duras con una fluidez que contrasta visualmente con el sufrimiento de los corredores que intentan seguirles.
En las grandes vueltas, los escaladores son los candidatos naturales a la clasificación general si también tienen capacidades en contrarreloj. Los escaladores puros que son muy débiles en crono suelen quedarse sin opciones de ganar el Tour o el Giro porque los rivales les sacan demasiado tiempo en las etapas contra el reloj. Marco Pantani, el «Pirata», fue quizás el escalador puro más espectacular de la historia moderna: sus ataques en Alpe d’Huez y en el Galibier en 1998 siguen siendo referencias de lo que puede hacer un escalador cuando está en su mejor momento.