El puerto de montaña es el altar del ciclismo. Es en esas largas y despiadadas ascensiones donde el deporte alcanza su dimensión más épica: la lucha contra la pendiente, el esfuerzo físico llevado al límite y la táctica de equipo convertida en poesía de movimiento. En las grandes vueltas, los puertos de categoría especial son los escenarios donde se decide quién merece ganar y donde nacen las leyendas que perduran décadas en la memoria colectiva del deporte.
Los puertos se clasifican según su dificultad en cuatro categorías, de la cuarta (la más accesible) a la primera, y la denominada categoría especial para los más exigentes. Esta clasificación tiene en cuenta la longitud de la subida, la pendiente media y el perfil de la etapa: un puerto al final de una etapa larga vale más que el mismo puerto al principio. La clasificación de la montaña, que en el Tour de Francia se representa con el maillot de lunares blancos y rojos, premia al corredor que acumula más puntos en las cimas a lo largo de toda la carrera.
Los puertos más célebres del ciclismo tienen nombres que resuenan como lugares sagrados para los aficionados. El Col du Tourmalet, el Alpe d’Huez, el Galibier, el Ventoux en el Tour de Francia; el Passo dello Stelvio, el Mortirolo, el Zoncolan en el Giro d’Italia; y el Alto del Angliru, La Bola del Mundo o el Puerto de la Cruz de Linares en la Vuelta a España. Cada uno de estos puertos tiene una historia propia, protagonizada por ataques, abandonos, hazañas y dramas que han construido la narrativa del ciclismo moderno.