El boulder es una de las tres modalidades olímpicas de la escalada deportiva y la más minimalista en términos de equipamiento. El escalador enfrenta problemas en paredes de entre 4 y 5 metros de altura sin ningún sistema de seguridad de cuerda, protegido únicamente por colchonetas de espuma en el suelo. Cada problema es una secuencia de movimientos diseñada por el routesetter para ofrecer un reto técnico específico: puede exigir fuerza de dedos extrema, precisión de pies en presas pequeñas, coordinación dinámica o una lectura del movimiento particularmente creativa.
El origen del boulder como práctica está en los bosques de Fontainebleau, cerca de París, donde escaladores franceses del siglo XIX y principios del XX empezaron a escalar los bloques de piedra arenisca del bosque como entrenamiento para las grandes paredes alpinas. Con el tiempo, escalar esos bloques dejó de ser entrenamiento y se convirtió en un fin en sí mismo. La filosofía del boulder valora la elegancia del movimiento puro y la dificultad técnica concentrada en pocos pasos.
En competición, el boulder destaca por su dinamismo como espectáculo: los escaladores intentan el mismo problema repetidamente en el tiempo asignado, cambiando de estrategia entre intento e intento, y el público puede seguir el proceso de resolución en tiempo real. Los problemas se diseñan para que pocos o ningún escalador los complete en el primer intento, lo que crea una narrativa de superación visible que resulta muy accesible para el espectador no iniciado. Esta característica hizo del boulder el segmento más popular del formato combinado olímpico.