El crimp es el tipo de agarre más exigente y más frecuente en la escalada deportiva de alto nivel. Se define por la posición de los dedos: doblados en ángulo de unos 90 grados, con la falange distal curvada hacia abajo para maximizar la superficie de contacto con el filo pequeño de la presa. En su variante más potente, el full crimp, el pulgar se coloca encima del índice para añadir un efecto de bloqueo que aumenta la fuerza de retención. Esta posición es la más eficaz para presas pequeñas pero también la que mayor estrés genera sobre los tendones de los dedos.
Las presas tipo crimp son omnipresentes en los rocódromos porque reproducen fielmente la realidad de la escalada en roca exterior, donde los filos pequeños y las repisas estrechas son una parte fundamental de los movimientos difíciles. Un escalador que no desarrolla su capacidad de crimp tiene un techo de progresión muy bajo: prácticamente todas las vías de nivel medio-alto incluyen presas que requieren esta posición de agarre. El desarrollo de la fuerza de dedos para crimps es por eso uno de los principales objetivos del entrenamiento en escalada.
El riesgo de lesión asociado al crimp es la cara oscura de su omnipresencia. Las poleas A2 de los dedos —los tendones que mantienen los tendones flexores cerca de los huesos de los dedos— son las estructuras más vulnerables en el full crimp. Una rotura de polea produce un dolor agudo en el dedo afectado durante el ascenso y suele aparecer precedida de semanas de molestias que el escalador ignora. La recuperación es lenta y requiere abstención de escalada intensa durante varios meses, lo que hace de la lesión de polea uno de los principales frenos a la progresión de escaladores de todos los niveles.