El esquí de fondo es uno de los deportes más afectados por el dopaje en toda la historia del atletismo mundial. La razón es tan simple como cruda: es un deporte de resistencia aeróbica pura, donde el principal factor de rendimiento es la capacidad del sistema cardiovascular de transportar oxígeno a los músculos. Y las sustancias que mejoran esa capacidad —principalmente la eritropoyetina (EPO) y las transfusiones de sangre— son fáciles de usar, difíciles de detectar y extraordinariamente eficaces.
Por qué el dopaje funciona tan bien en el esquí de fondo
El VO2máx —el consumo máximo de oxígeno— es el gran determinante del rendimiento en el esquí de fondo. Un atleta con un VO2máx de 90 ml/kg/min tiene una ventaja fisiológica enorme sobre uno con 80. Aumentar el hematocrito (la proporción de glóbulos rojos en la sangre) del 45% al 50% puede suponer un incremento del VO2máx de entre el 5% y el 10%, lo que en términos de rendimiento equivale a varias decenas de segundos en un 15 km.
La EPO sintética, una hormona que estimula la producción de glóbulos rojos, fue desarrollada originalmente como tratamiento médico para la anemia. En el deporte, su uso permite aumentar el hematocrito de forma controlada, con efectos dramáticos sobre el rendimiento aeróbico. Las transfusiones de sangre autólogas (sangre propia extraída y almacenada semanas antes y reinfundida antes de la competición) tienen un efecto similar.
Los grandes escándalos
Lahti 2001: El mayor escándalo individual de la historia del esquí de fondo se produjo en el Campeonato del Mundo celebrado en Lahti, Finlandia. Seis esquiadores finlandeses, entre ellos el campeón del mundo Harri Kirvesniemi y su esposa Marja-Liisa Hämäläinen (triple campeona olímpica en 1984), dieron positivo por HES, una sustancia que diluye la sangre para bajar artificialmente el hematocrito y enmascarar el uso previo de EPO. El escándalo destruyó la reputación del esquí finlandés y generó una crisis de confianza en todo el deporte.
Turín 2006: Los Juegos Olímpicos de Turín fueron escenario de operativos policiales contra el equipo austriaco de esquí, relacionados con dopaje sanguíneo. La operación «Puerto» en el ciclismo español tuvo paralelismos directos con casos similares en el esquí nórdico de esa era.
Sochi 2014: El informe McLaren reveló que Rusia había operado un sistema estatal de dopaje durante los Juegos Olímpicos de Sochi 2014, con muestras de orina sustituidas a través de un agujero en la pared del laboratorio antidopaje. El esquí de fondo fue uno de los deportes afectados, con varios atletas rusos sancionados retroactivamente.
Operación Aderlass 2019: La investigación policial más reciente y de mayor alcance comenzó durante los Campeonatos del Mundo de Seefeld 2019, cuando la policía austriaca detuvo a varios atletas mientras se estaban realizando transfusiones de sangre en una habilitación del hotel. El médico alemán Mark Schmidt, que operaba una red de dopaje sanguíneo para atletas de varios deportes de resistencia, fue condenado a cuatro años y medio de prisión.
Las reformas antidopaje
Cada escándalo ha impulsado reformas. La creación del pasaporte biológico —un sistema de seguimiento individualizado de los valores sanguíneos de cada atleta a lo largo del tiempo— ha sido la herramienta más eficaz para detectar el dopaje sanguíneo sin necesidad de identificar la sustancia concreta. Las variaciones sospechosas en el hematocrito o en la hemoglobina pueden llevar a sanciones incluso sin una prueba directa de la sustancia utilizada.
El esquí de fondo actual es, en comparación con las décadas anteriores, un deporte más limpio. Pero la presión por los resultados, los enormes recursos económicos en juego en el circuito de Copa del Mundo y la dificultad de detectar los métodos más sofisticados de dopaje sanguíneo hacen que el problema no pueda considerarse completamente resuelto.