Una de las características más inusuales de la Fórmula E respecto a otras categorías del automovilismo de primer nivel es que todos los equipos comparten el mismo chasis y la misma batería. El monocasco lo fabrica Spark Racing Technology, empresa francesa especializada en monoplazas de competición, y la batería la suministra Williams Advanced Engineering. No importa si el equipo es Porsche, Jaguar o un equipo privado: el habitáculo en el que se sienta el piloto, la estructura de carbono que le protege en caso de accidente y el pack de baterías que alimenta el motor son exactamente los mismos para todos.
Esta filosofía de homologación tiene una razón de ser muy clara: reducir los costes de entrada y participación para hacer el campeonato económicamente viable para más equipos y fabricantes. En la Fórmula 1, el desarrollo del chasis representa una parte enorme del presupuesto total; en la Fórmula E, ese coste está eliminado. La diferencia técnica se concentra en la unidad de potencia —el motor eléctrico, la electrónica de gestión y el software de control de la energía—, que es el área donde los fabricantes pueden demostrar su superioridad tecnológica real. Esto alinea perfectamente los objetivos deportivos con los objetivos industriales: los ingenieros aprenden desarrollando lo que más importa para el coche eléctrico del futuro.
El resultado en pista es una competición mucho más igualada que en otras categorías. Las diferencias de rendimiento entre el mejor y el peor coche rara vez superan el 1-2% en tiempo de vuelta, lo que significa que la estrategia, el talento del piloto y la gestión energética tienen un peso mucho mayor en el resultado final. Paradójicamente, la igualdad técnica forzada por la homologación hace que la variedad de ganadores sea mayor que en categorías donde el presupuesto técnico puede garantizar la dominación durante temporadas enteras.