Quien asiste por primera vez a un E-Prix de Fórmula E en un circuito suele llevarse la misma sorpresa: el silencio relativo. Después de décadas de automovilismo donde el sonido era parte inseparable de la experiencia —el rugido de un V12 de Fórmula 1 en los años 90, el aullido de un V8 en los 2000, incluso el agudo sonido de los turbos híbridos actuales— los coches de Fórmula E llegan anunciándose con un sonido muy diferente: un zumbido agudo y electrónico que sube de frecuencia con la velocidad, más parecido a una nave espacial de película de ciencia ficción que a un coche de carreras tradicional.
El sonido de los motores eléctricos proviene principalmente del campo magnético rotante del motor y de la transmisión. No hay combustión, no hay pistones, no hay válvulas que abrir y cerrar a miles de vueltas por minuto. Lo que se escucha es el resultado de las frecuencias de vibración del motor eléctrico, amplificadas por la carcasa del coche y la fricción mecánica de la transmisión. A altas velocidades, el sonido más dominante en un circuito de Fórmula E puede ser el de los neumáticos sobre el asfalto y el del frenado: sonidos que en la Fórmula 1 quedan completamente enmascarados por el ruido del motor.
Esta diferencia acústica tiene consecuencias prácticas muy relevantes para los circuitos urbanos. La menor contaminación acústica facilita enormemente la obtención de permisos municipales para rodar en el centro de las ciudades: un E-Prix puede disputarse junto a edificios residenciales sin el impacto sonoro que haría imposible un Gran Premio de Fórmula 1 en las mismas condiciones. Los pilotos también notan la diferencia: en la cabina, la ausencia del ruido ensordecedor del motor hace que las comunicaciones por radio sean más claras y que la concentración sea diferente. El automovilismo del futuro puede sonar así: más silencioso pero no menos emocionante.