La Fórmula E se fundó con una misión declarada de sostenibilidad y movilidad eléctrica, pero ¿cómo se traduce eso en datos reales de impacto medioambiental? La comparación con la Fórmula 1 es inevitable y, en términos generales, favorable para la categoría eléctrica. La Fórmula E genera entre 25.000 y 30.000 toneladas de CO2 equivalente por temporada, según sus propios informes de sostenibilidad, frente a las estimaciones de más de 250.000 toneladas anuales de la Fórmula 1. La diferencia es notable, aunque no se explica solo por los coches: el calendario más corto, los equipos más pequeños y la menor complejidad logística general son factores determinantes.
La gran paradoja de ambos campeonatos es que los coches —eléctricos o de combustión— representan solo una fracción pequeña de la huella de carbono total. El transporte logístico (mover coches, equipos, materiales y personal por todo el mundo en avión) supone habitualmente entre el 40 y el 60% de las emisiones totales. En la Fórmula E, rodar por circuitos urbanos y concentrar el calendario en pocas regiones geográficas durante cada parte de la temporada ayuda a reducir estos desplazamientos, pero el impacto sigue siendo significativo. La electricidad que carga las baterías de los coches se obtiene de fuentes renovables cuando es posible, pero no siempre lo es en todas las ciudades del calendario.
El campeonato publica informes de sostenibilidad detallados cada temporada, comprometiéndose con objetivos de reducción de emisiones y compensación de las que no pueden eliminarse. La Fórmula E fue el primer deporte automovilístico en obtener la certificación ISO 20121 de gestión sostenible de eventos. Más allá de los números, el valor más relevante del campeonato desde la perspectiva medioambiental puede ser otro: el de servir como escaparate que normaliza y hace atractiva la tecnología eléctrica ante millones de aficionados al motor que de otro modo podrían ser reacios a adoptarla.