Cuando la Fórmula E comenzó en 2014, los equipos eran mayoritariamente estructuras privadas sin el respaldo de grandes marcas de fabricantes. Las primeras temporadas sirvieron para demostrar que el campeonato tenía viabilidad, audiencia y capacidad de generar valor para los patrocinadores. A medida que el mercado del coche eléctrico comenzaba a despegar a escala global y las regulaciones medioambientales presionaban a la industria del automóvil, los grandes fabricantes empezaron a ver la Fórmula E con ojos muy diferentes.
Jaguar fue uno de los pioneros, regresando al automovilismo de primer nivel en la temporada 3 (2016-17) después de muchos años de ausencia. Su apuesta era clara: la marca británica, en proceso de transformación hacia la electrificación total de su gama, veía en la Fórmula E el escaparate perfecto para comunicar ese cambio. Audi llegó en la temporada 4 tomando el control del equipo Abt, y BMW anunció su entrada oficial para la temporada 5. La gran avalancha llegó con el Gen2: Porsche, Mercedes-EQ y Nissan se incorporaron en las temporadas 6, 7 y 6 respectivamente, completando una parrilla de fabricantes que rivalizaba en credibilidad con la del Campeonato del Mundo de Resistencia.
La competencia entre fabricantes elevó el nivel técnico del campeonato a cotas que los equipos privados de las primeras temporadas no podían imaginar. Los presupuestos se multiplicaron, la investigación en baterías, motores y sistemas de gestión energética se intensificó y los resultados en pista se volvieron mucho más difíciles de predecir. Curiosamente, el éxito deportivo no siempre fue de los fabricantes más grandes: DS Automobiles y Jaguar acumularon más victorias que algunas marcas de mayor nombre comercial. La Fórmula E demostró que en el mundo eléctrico, la experiencia y la inteligencia de desarrollo valen más que el tamaño del fabricante.