La idea de un campeonato de monoplazas completamente eléctricos empezó a tomar forma a principios de la década de 2010, en un contexto de creciente preocupación por el cambio climático y de aceleración del desarrollo de las baterías de litio. El empresario español Alejandro Agag, yerno del expresidente del gobierno José María Aznar y con experiencia previa en el mundo del deporte motor como socio de Bernie Ecclestone en Bridgepoint, fue quien llevó la idea ante la FIA. La Federación Internacional del Automóvil, presidida entonces por Jean Todt, vio en la propuesta la oportunidad de liderar la transición energética del automovilismo y aprobó la creación del campeonato en junio de 2011.
Los tres años que mediaron entre la aprobación y la primera carrera fueron de una complejidad técnica y organizativa enorme. Había que crear un monoplaza eléctrico competitivo prácticamente desde cero, diseñar un formato de competición adaptado a las limitaciones de las baterías de la época y convencer a pilotos, ciudades y patrocinadores de unirse a un proyecto sin precedentes. El chasis fue encargado a Spark Racing Technology y la batería a Williams Advanced Engineering; el motor, aunque homologado en su tipo, podía ser desarrollado por los equipos. El nombre elegido —Spark-Renault SRT 01E— hacía referencia a los proveedores técnicos principales.
La elección de circuitos urbanos como escenario exclusivo fue una decisión estratégica fundamental. Alejandro Agag y la dirección del campeonato querían que la Fórmula E no compitiera directamente con la Fórmula 1 en su terreno, sino que conquistara un espacio propio: el de las grandes ciudades, el de la movilidad sostenible, el del espectáculo en el corazón de las metrópolis. Esta apuesta resultó ser un acierto a largo plazo: la imagen de coches eléctricos silenciosos rodando por las avenidas de París o Roma se convirtió en el símbolo visual más poderoso del campeonato.