El 13 de septiembre de 2014, en el Parque Olímpico de Beijing, arrancó el motor eléctrico de la historia. La primera carrera del Campeonato de Fórmula E era una apuesta enorme para todos los involucrados: pilotos que habían dejado atrás otras categorías por unirse a algo incierto, equipos que habían invertido recursos en una nueva aventura tecnológica y organizadores que habían prometido a la FIA y a sus patrocinadores un espectáculo que nadie sabía todavía cómo iba a ser recibido. Lucas di Grassi ganó esa primera carrera desde la pole position, y el campeonato tenía su primer vencedor.
La primera temporada recorrió diez ciudades en cuatro continentes: Beijing, Malasia, Uruguay, Buenos Aires, Long Beach (Estados Unidos), Mónaco, Berlín, Moscú, Londres y Battersea Park. El calendario era deliberadamente global para demostrar la viabilidad del proyecto y su capacidad de implantarse en entornos muy diferentes. Los circuitos eran estrechos y sinuosos, perfectos para unos coches que no podían competir en velocidad máxima pero sí en maniobra y táctica. El cambio de coche a mitad de carrera —imprescindible por las limitaciones de las baterías de la época— se convirtió en el momento más tenso y emocionante de cada E-Prix.
El primer campeón de la historia fue el suizo Sébastien Buemi, que pilotaba para el equipo e.dams-Renault. Buemi, ex piloto de Fórmula 1 con Red Bull y Toro Rosso, demostró una consistencia y una comprensión de la gestión energética que marcaron el estilo de pilotaje que la categoría iba a requerir. Lucas di Grassi quedó segundo en el campeonato, estableciendo desde el principio lo que sería una rivalidad duradera. La primera temporada terminó con una sensación general positiva: el proyecto era viable, el espectáculo era real y el mensaje de movilidad sostenible había llegado a millones de personas en todo el mundo.