Los circuitos urbanos son la marca de identidad más reconocible de la Fórmula E. Desde la primera temporada, la categoría eléctrica apostó por correr en las calles de grandes capitales y ciudades emblemáticas del mundo, convirtiendo cada E-Prix en un evento único que transforma temporalmente avenidas, paseos marítimos o polígonos en un escenario de competición internacional. Esta apuesta diferencia radicalmente a la Fórmula E del resto del automovilismo de primer nivel y refuerza su mensaje de movilidad urbana sostenible.
Técnicamente, los circuitos urbanos de la Fórmula E presentan características muy particulares. Son trazados estrechos —entre 8 y 12 metros de anchura habitual— con numerosas curvas de baja y media velocidad, pocas o ninguna recta larga, y superficies que mezclan asfalto de diferentes calidades según el uso previo de las calles. Las escapatorias son mínimas: donde un piloto de Fórmula 1 encontraría una zona de grava o una escapatoria de asfalto, en la Fórmula E hay barreras de hormigón a pocos metros. Esto eleva el coste de los errores y exige una precisión de conducción muy alta. La ausencia de largas rectas también limita las velocidades máximas: mientras que un F1 puede superar los 350 km/h en Monza, los E-Prix raramente superan los 250 km/h en punta.
La construcción de un circuito urbano es un operativo logístico complejo que implica coordinación con las autoridades municipales, restricciones de tráfico, tendido eléctrico temporal y la instalación de centenares de metros de barreras. Los organizadores trabajan con meses de antelación para obtener los permisos y planificar la ocupación de las calles. Después del evento, todo el montaje se desmonta en pocos días y la ciudad recupera su normalidad. Este modelo garantiza que la Fórmula E pueda seguir llevando sus carreras a nuevas ciudades sin requerir instalaciones permanentes de ningún tipo.