Una de las características más insólitas de la primera época de la Fórmula E —entre 2014 y 2018— era la obligatoriedad de cambiar de coche en mitad de la carrera. En aquellos primeros años, la tecnología de las baterías no era suficiente para que un solo monoplaza completara los 45 minutos del E-Prix. Cada equipo llevaba dos coches idénticos: el piloto conducía el primero durante aproximadamente la mitad de la carrera, entraba a boxes, salía del cockpit y se subía literalmente al segundo coche, que esperaba con la batería cargada. El tiempo empleado en el cambio —que los mejores equipos realizaban en unos tres segundos— era un factor estratégico determinante.
Esta operación, aunque llamativa para el gran público, tenía importantes implicaciones logísticas y de coste. Cada equipo necesitaba mantener, preparar y transportar el doble de monoplazas, lo que duplicaba parte de los costes de operación. La parada en boxes se convertía en el momento más tenso del fin de semana: un cambio de coche lento podía arruinar la carrera, y cualquier fallo técnico en el segundo vehículo era catastrófico. Los mecánicos ensayaban el procedimiento durante horas para reducir el tiempo al mínimo.
Con la llegada del Gen2 en la temporada 2018-19, todo cambió. La mejora exponencial de la tecnología de baterías permitió que el nuevo monoplaza completara la carrera entera sin necesidad de parada. Se eliminó el cambio de coche, se redujo el número de vehículos por equipo y la estrategia giró completamente hacia la gestión energética. En la era Gen3 —desde 2022-23— la potencia aumentó hasta los 350 kW y se añadió recuperación en el eje delantero, haciendo los coches más rápidos y eficientes a la vez. Los pit stops actuales solo ocurren por averías o pinchazos, siendo eventos excepcionales y no elementos estratégicos planificados.