La cruz es el símbolo por excelencia de la gimnasia artística masculina. Cuando un gimnasta mantiene los brazos extendidos horizontalmente sosteniendo su propio peso corporal en posición vertical, está exhibiendo un tipo de fuerza que no tiene equivalente en ningún otro deporte olímpico: no es una fuerza explosiva ni una fuerza de resistencia, sino una fuerza isométrica sostenida en una posición biomecánicamente desfavorable, sin la ayuda de ningún impulso ni de ninguna inercia. Es pura potencia muscular contra la gravedad, y resulta visible al primer golpe de vista incluso para alguien que no conoce nada sobre gimnasia.
La razón por la que la cruz es tan difícil reside en la física de los momentos de fuerza. Con los brazos extendidos horizontalmente, los hombros deben generar un momento de fuerza que contrarreste el peso de los brazos y del torso multiplicado por la distancia entre el punto de apoyo (el hombro) y el centro de masa de cada brazo. Esta distancia hace que la carga efectiva sobre los hombros sea muy superior al peso corporal real. Los ingenieros biomecánicos calculan que sostener la cruz equivale, en términos de estrés sobre los hombros, a cargar más del peso propio sobre cada brazo de manera simultánea.
En la competición de anillas, la cruz no aparece sola: se integra dentro de un ejercicio que combina balanceos, otros elementos de fuerza estática —como el palomar o el apoyo invertido en ángulo— y elementos acrobáticos. Los jueces evalúan la amplitud de los brazos (deben estar perfectamente horizontales), la posición del cuerpo (recto, sin arqueo lumbar), la duración (mínimo dos segundos) y la tensión visible de los anillos (deben estar inmóviles o casi inmóviles). Una cruz ejecutada a la perfección es uno de los momentos más impactantes y más aplaudidos de toda la gimnasia artística olímpica.