El salto de potro es el aparato más explosivo de la gimnasia artística. En poco más de un segundo, el gimnasta transforma la velocidad horizontal de una carrera de sprint en una trayectoria de vuelo acrobático que puede incluir uno o dos mortales completos y varios giros antes de aterrizar sobre los dos pies. La brevedad del salto no reduce su exigencia técnica: cada fase —la carrera, el contacto con el trampolín, el apoyo de manos, el vuelo y el aterrizaje— debe ejecutarse con una precisión absoluta, y un error en cualquier fase afecta irreversiblemente a todas las siguientes.
La biomecánica del salto de potro es fascinante. La energía cinética de la carrera se concentra en el trampolín (springboard), que la devuelve amplificada hacia arriba. El gimnasta tiene aproximadamente 0,15 segundos de contacto con el trampolín y otros tantos con el potro: en ese tiempo brevísimo debe orientar su cuerpo correctamente para el vuelo que viene. El apoyo de manos sobre el potro no es un momento de descanso sino de reorientación activa: el gymnasta empuja con fuerza hacia arriba y atrás para ganar más altura y tiempo en el aire. Una vez en el vuelo libre, que dura entre 0,8 y 1,2 segundos dependiendo del salto, el gymnasta ejecuta las rotaciones y aterriza controlando la dirección y absorbiendo el impacto.
En el debate sobre los saltos más difíciles del potro, el Dragulescu (mortal adelante con doble giro) y el Blanik (doble mortal adelante) figuran entre los más valorados en el sector masculino. En el femenino, el Cheng (mortal adelante con medio giro sobre el potro y doble pirueta en el vuelo) y el Produnova (doble mortal adelante) representan el límite técnico del aparato, siendo este último considerado el salto más peligroso de la gimnasia mundial, ejecutado por muy pocas gimnastas en la historia de la competición.