Hay un momento curioso en la historia de los gimnasios europeos. A finales de los años 90 y principios de los 2000, en la misma década en que el K-1 llenaba estadios de decenas de miles de personas en Japón con sus torneones de kickboxing, los gimnasios de toda Europa llenaban sus clases de grupo con personas que no tenían ningún interés en pelear pero que querían golpear como los luchadores de la televisión.
La paradoja del éxito
El kickboxing es un deporte de combate. Sus técnicas se diseñaron para golpear a un adversario de la forma más efectiva posible. Y sin embargo, la mayor masa de practicantes del kickboxing en Europa nunca ha pisado un ring, nunca ha hecho sparring y nunca ha competido. Son los practicantes del kickboxing fitness, la versión de gimnasio sin contacto que se ha convertido en el producto más popular derivado del deporte.
Esta paradoja tiene una explicación sencilla: el kickboxing fitness toma lo mejor del deporte —los movimientos explosivos, la combinación de brazos y piernas, la intensidad cardiovascular, la sensación de potencia— y elimina lo que puede intimidar a un practicante casual: el riesgo de recibir golpes, la exigencia técnica extrema y el contexto competitivo.
Los números que explican el fenómeno
Las cifras del kickboxing fitness en Europa son llamativas. En países como los Países Bajos, Alemania, Francia y los nórdicos, el kickboxing es consistentemente una de las tres actividades de fitness más practicadas en los gimnasios, junto al spinning y el yoga. En encuestas europeas de hábitos deportivos, el kickboxing fitness aparece con regularidad entre los 10 deportes más practicados.
La razón del éxito es fácilmente medible: en términos de gasto calórico, el kickboxing fitness está entre los más altos de todas las actividades de grupo. Una clase de 60 minutos bien ejecutada quema entre 500 y 800 calorías, más que el spinning moderado, el yoga o el pilates. Para las personas que buscan principalmente perder peso o mejorar la composición corporal, esta eficiencia es un argumento poderoso.
El impacto del K-1 en el fitness
Una parte del éxito del kickboxing fitness en Europa se explica directamente por el K-1. Durante los años 90 y 2000, las retransmisiones del K-1 World Grand Prix llegaron a audiencias millonarias en Europa. Ver a luchadores como Ernesto Hoost o Peter Aerts moverse con elegancia y derribar a sus rivales con patadas espectaculares inspiró a mucha gente a querer probar algo parecido.
Los gimnasios respondieron creando clases que satisfacían esa demanda sin la barrera de entrada del combate real. El nombre «kickboxing» en el horario de clases de un gimnasio genera expectativas de actividad potente, dinámica y técnicamente interesante. Y en la mayoría de los casos, esas expectativas se cumplen.
De fenómeno de fitness a puerta de entrada al deporte
Un efecto colateral del kickboxing fitness ha sido su función como puerta de entrada al kickboxing de competición. Una parte significativa de los luchadores que hoy compiten en circuitos amateur y semiprofesionales comenzaron en clases de kickboxing fitness. La exposición a los movimientos básicos, la condición física desarrollada y la motivación generada por las clases de grupo han llevado a muchos practicantes a dar el paso al kickboxing de contacto.
Este flujo de practicantes del fitness al deporte de competición es uno de los factores que explica el crecimiento sostenido del kickboxing en Europa durante las últimas dos décadas.