Cuando los primeros misioneros europeos describieron el lacrosse indígena en sus crónicas del siglo XVII, el cuadro que pintaban resultaba casi incomprensible para sus lectores europeos acostumbrados a los deportes cortesanos y los juegos de campo formales. Nada en el lacrosse original se parecía a lo que los europeos entendían por juego.
Un campo sin límites
El campo de un partido de lacrosse indígena no tenía medidas fijas. Podía extenderse varios kilómetros a través del bosque, prados y ríos. Las porterías —que a veces eran simplemente dos postes clavados en el suelo, o un árbol señalado con una marca— podían estar a kilómetros de distancia una de la otra.
Uno de los relatos más citados describe un partido entre comunidades Ojibwe en el que las porterías estaban a 6 kilómetros de distancia entre sí, con el campo discurriendo a través del bosque. Los jugadores tenían que conocer la geografía del terreno para moverse, y la estrategia incluía aprovecharse de la topografía —pendientes, ríos, zonas de bosque denso— para ganar ventaja.
Cientos y miles de jugadores
No había límite en el número de jugadores. Partidos rituales importantes podían involucrar a todos los hombres en edad de guerrear de una comunidad, lo que según el tamaño de la aldea podía significar desde cincuenta hasta cientos de personas por equipo.
Hay relatos documentados por observadores europeos de los siglos XVII y XVIII que describen partidos con más de mil jugadores en total. En esos eventos, el campo se convertía en una marea humana de cuerpos, palos y pelota, con la violencia física que eso implicaba. Los golpes, las caídas y las lesiones eran parte esperada del juego, especialmente en partidos de preparación para la guerra.
La duración: uno, dos o tres días
Un partido importante podía comenzar al amanecer y continuar hasta el anochecer, reanudarse al día siguiente y no terminar hasta que uno de los equipos alcanzara el número acordado de goles. Los jugadores paraban para comer, beber y descansar, pero el partido no terminaba hasta cumplir el objetivo.
Esta duración no era percibida como un problema: era precisamente lo que dotaba al partido de su carácter ritual y comunitario. El juego era un acontecimiento social total que implicaba a toda la comunidad —jugadores, mujeres, ancianos, niños, curanderos— durante días.
La violencia como parte del juego
El lacrosse original no tenía prohibiciones de contacto físico. Las lesiones eran comunes y a veces graves: huesos rotos, cortes, contusiones. En los partidos de preparación para la guerra, la violencia tenía un propósito explícito: endurecer a los guerreros y familiarizarlos con el dolor.
Se han encontrado huesos de jugadores de lacrosse de épocas precoloniales con fracturas cicatrizadas que muestran lesiones compatibles con las del juego. Para los guerreros, las cicatrices de un partido de lacrosse eran marcas de honor.
El contraste con el lacrosse moderno
El salto entre ese lacrosse original y el lacrosse moderno —con sus 60 minutos reglamentarios, sus 10 jugadores por equipo, su campo de medidas precisas y sus árbitros profesionales— no puede ser mayor. Sin embargo, ambos comparten el mismo corazón: el palo con red, la pelota y el deseo de llevarla a la portería contraria. Y para los pueblos Haudenosaunee, ambos comparten también el mismo espíritu.