El 19 de septiembre del año 2000, en el Centro Acuático Internacional de Sidney, ocurrió algo que ninguno de los presentes ha olvidado. No fue un récord mundial. No fue una remontada épica. Fue un joven de Guinea Ecuatorial que llegó el último, con un tiempo más del doble que el del ganador, y recibió la ovación más larga de todo el torneo de natación.
Ocho meses, doce metros y ninguna piscina olímpica
Eric Moussambani tenía veintidós años cuando llegó a los Juegos de Sidney. Había comenzado a practicar natación en enero de 2000, ocho meses antes de la competición. Durante esos ocho meses, entrenó en la única piscina disponible en Malabo, la capital de Guinea Ecuatorial: la piscina de un hotel, de doce metros de largo.
No era una situación ideal para prepararse para los 100 metros libres en los Juegos Olímpicos.
Moussambani llegó a los Juegos gracias al programa de invitaciones universales del Comité Olímpico Internacional, diseñado precisamente para permitir la participación de atletas de países con escasos recursos deportivos. La idea es que el olimpismo debe ser inclusivo y que la participación tiene valor en sí misma, independientemente del resultado.
La serie que nadie olvidará
El día de su prueba, los dos nadadores que compartían serie con Moussambani fueron descalificados por salida falsa antes de que la carrera empezara. Moussambani se quedó solo en el agua, lo que significaba que si terminaba la prueba, pasaba a los cuartos de final. Solo tenía que llegar al otro extremo.
El problema era que Moussambani nunca había nadado 100 metros seguidos en una piscina de 50 metros. Su entrenamiento máximo había sido en la piscina de doce metros, lo que implicaba que para hacer 100 metros tenía que dar la vuelta ocho veces.
Cuando llegó a los 50 metros y tuvo que dar la vuelta, el público ya se había dado cuenta de que algo extraordinario estaba ocurriendo. La vuelta se hizo en un silencio expectante. En los últimos 25 metros, el estadio entero empezó a corear su nombre. Moussambani apenas podía mantener la cabeza fuera del agua, brazando con evidente esfuerzo, pero siguió.
Terminó los 100 metros en 1 minuto y 52,72 segundos. El récord mundial de la época era de 47,84 segundos. Pero terminó, y la ovación que siguió fue la más larga y sincera de todos los Juegos de Sidney.
Por qué esta historia importa más que un récord
La historia de Eric Moussambani es, en el fondo, la historia de lo que los Juegos Olímpicos dicen ser y raramente consiguen ser: una competición en la que el valor de participar es genuino, no retórico.
En los Juegos modernos, la distancia entre los mejores atletas del mundo y los atletas que vienen de países sin recursos es tan grande que la participación se convierte en un ejercicio casi simbólico. Moussambani no solo participó: compitió, en el sentido más humano del término. Se esforzó hasta el límite de sus posibilidades, en público, ante el mundo, y no se rindió.
Los aficionados lo recordaron porque vieron en él algo que raramente se ve en las competiciones de élite: el esfuerzo puro, sin el barniz de la perfección técnica que hace que los mejores atletas parezcan máquinas.
El legado de “Eric el Anguila”
Los medios de comunicación lo bautizaron “Eric el Anguila” (Eric the Eel en inglés), un apodo que él mismo aceptó con humor. Volvió a Guinea Ecuatorial como héroe nacional, fue nombrado portabanderas de su país en ceremonias posteriores y se convirtió en entrenador de natación.
En 2012, doce años después de Sidney, habló en una conferencia sobre el olimpismo en la que dijo algo que se ha citado muchas veces desde entonces: “Nunca me avergoncé de mis tiempos. Me avergonzaría si no hubiera terminado la carrera.”