Pocos deportes olímpicos tienen una historia de origen tan cinematográfica como la natación sincronizada. Y la palabra “cinematográfica” aquí no es metáfora: la historia real incluye una estrella de Hollywood, un circo acuático y la decisión de unos organizadores de piscina canadienses que querían hacer algo diferente un domingo por la tarde.
Todo empezó en una piscina de Chicago en 1907
La natación sincronizada, en su forma más primitiva, comenzó con Katherine Curtis en la Universidad de Chicago en 1907. Curtis desarrolló una serie de ejercicios acuáticos en los que varias nadadoras realizaban movimientos coordinados al ritmo de la música. Lo llamó “natación ornamental”. No era un deporte de competición, era más parecido a una coreografía.
La idea era tan visualmente llamativa que Curtis consiguió que su equipo actuara en la Exposición Mundial de Chicago de 1933 como parte de un espectáculo de variedades acuáticas. El público respondió con entusiasmo, y un empresario canadiense presente en el espectáculo tuvo una idea.
El Canadá que convirtió el espectáculo en competición
El empresario canadiense organizó el primer torneo oficial de natación sincronizada en Montreal en 1923, con reglas básicas y jueces que puntuaban la coordinación y la dificultad técnica. Fue la primera vez que esta actividad se trataba como una competición deportiva con clasificaciones y ganadores.
Pero el gran salto al imaginario popular llegó desde una dirección completamente inesperada: Hollywood.
Esther Williams y el cisne de MGM
Esther Williams era nadadora de competición cuando la Metro-Goldwyn-Mayer la contrató en 1942. Era una época en que los estudios de cine fabricaban géneros enteros para sus estrellas, y alguien en la MGM tuvo la brillante idea de inventar el “musical acuático” para aprovechar las habilidades de Williams.
Las películas de Esther Williams —“Escuela de sirenas” (1944), “Fiesta bajo el mar” (1949), “La sirena y el delfín” (1952)— presentaban espectáculos acuáticos elaboradísimos con docenas de nadadoras sincronizadas, fotogénicamente filmadas desde arriba. Eran, técnicamente, producciones de entretenimiento puro. Pero introdujeron la natación sincronizada en los hogares de millones de personas en todo el mundo.
La influencia de esas películas sobre el reclutamiento de practicantes fue directa y masiva. Muchas de las nadadoras que construyeron las bases de la disciplina en los años 50 y 60 citaron a Esther Williams como su inspiración inicial.
El camino tortuoso hacia los Juegos Olímpicos
La natación sincronizada tardó décadas en ser aceptada por el Comité Olímpico Internacional, en parte por prejuicios sobre si era un “deporte real” y en parte por la dificultad de diseñar un sistema de puntuación objetivo y creíble.
La FINA reconoció la disciplina como deporte de competición en 1952. Los primeros Campeonatos del Mundo donde incluyó la natación sincronizada fueron en 1973. Y en 1984, finalmente, llegó a los Juegos Olímpicos de Los Ángeles.
El proceso completo, desde el espectáculo de Chicago hasta los Juegos, llevó setenta y siete años. Es uno de los caminos más largos hacia el olimpismo en la historia del movimiento olímpico moderno.
Lo que muy poca gente sabe: las nadadoras no respiran durante minutos
Una curiosidad técnica que el público general desconoce: las rutinas de natación sincronizada incluyen partes submarinas en las que las nadadoras contienen la respiración durante períodos que pueden superar los tres minutos. El entrenamiento de apnea es una parte esencial de la preparación.
Además, en competición no se utilizan auriculares ni ningún dispositivo para escuchar la música bajo el agua. Las nadadoras escuchan la música a través de los altavoces instalados bajo la superficie de la piscina, que transmiten las vibraciones sonoras directamente al cuerpo a través del agua. Es una experiencia sensorial completamente diferente a escuchar música en el aire.