En la historia del deporte hay pocos episodios tan extraños como lo que le ocurrió a la natación entre 2008 y 2009. En ese período de apenas dieciocho meses, más de ciento treinta récords mundiales cayeron, muchos de ellos varias veces en pocas semanas. No era que los nadadores hubieran evolucionado de repente. Era que se estaban poniendo, literalmente, trajes de superhéroe.
La mañana que cambió la natación para siempre
El 12 de febrero de 2008, el nadador australiano Ian Thorpe hizo una predicción durante una entrevista: los récords que se estaban batiendo en esas semanas iban a ser prohibidos. Nadie le prestó especial atención. Thorpe llevaba retirado dos años y la gente pensaba que era un comentario de envidia.
Ese mismo día, en otro lugar del mundo, el equipo de Speedo presentaba los datos de las pruebas en túnel de viento del LZR Racer, desarrollado en colaboración con la NASA y la Universidad de Otago. Los resultados eran inequívocos: el traje reducía la resistencia hidrodinámica entre un 10 y un 15% respecto a los mejores trajes de tela del mercado.
Para entender lo que eso significa: en una prueba de 100 metros que se disputa en menos de 48 segundos, una reducción del 10% en la resistencia equivale a varios décimos de segundo. En natación, varios décimos de segundo es la diferencia entre el récord del mundo y la décima posición.
Los Juegos Olímpicos de Pekín: una feria de récords
Los Juegos Olímpicos de Pekín de 2008 fueron el escenario del mayor espectáculo de récords que jamás se haya visto en una competición deportiva de alto nivel. Veinticinco récords mundiales en una sola edición de los Juegos. Prácticamente todos los finalistas olímpicos de natación llevaban el LZR Racer o alguno de los trajes de poliuretano que otros fabricantes lanzaron rápidamente al mercado como réplica.
Michael Phelps ganó ocho oros y batió siete récords mundiales. Sus tiempos parecían imposibles. Muchos lo eran, en el sentido de que sin el traje no los habría conseguido, al menos no ese año.
El debate se instaló en los medios deportivos: ¿estaban ganando los nadadores o los ingenieros? La pregunta no era nueva en el deporte (siempre hay debate sobre la influencia del equipamiento), pero nunca había sido tan urgente.
La carrera armamentística entre fabricantes
Una vez que el LZR Racer demostró su eficacia, otros fabricantes entraron en la guerra tecnológica. Arena lanzó el X-Glide. Jaked presentó el J01. Blueseventy desarrolló sus propios modelos. Cada empresa prometía porcentajes de mejora, y muchas cumplían lo prometido.
El resultado fue una situación kafkiana: en las competiciones de 2009, algunos nadadores llegaban a la piscina con trajes de tres piezas diferentes de marcas distintas, superpuestas, para acumular las ventajas de cada una. Se documentaron casos de nadadores que necesitaban veinte minutos para ponerse el traje y la ayuda de dos personas para meterse en él, tan ajustado estaba diseñado para comprimir el cuerpo.
Los récords seguían cayendo. La situación se estaba convirtiendo en una crisis de credibilidad para el deporte.
La prohibición y sus consecuencias
La FINA actuó en julio de 2009, con efecto desde el 1 de enero de 2010: prohibición total de los trajes de cuerpo entero y de los materiales no textiles (poliuretano, neopreno, caucho). Los trajes masculinos no pueden superar la cintura por arriba ni la rodilla por abajo. Los femeninos pueden cubrir más cuerpo pero deben ser textiles.
El efecto fue inmediato y dramático: muchos récords mundiales establecidos en 2008 y 2009 siguen vigentes hoy en día. Con los trajes textiles normales, los nadadores no han podido igualarlos. Récords que se marcaron con tecnología dopante (porque eso es lo que fue, en esencia, aunque fuera legal en su momento) siguen en los libros porque la regulación llegó tarde.
Es una situación sin precedentes en el deporte: marcas establecidas con equipamiento prohibido que siguen siendo los mejores registros históricos.