El nacimiento del WRC en 1973
El Campeonato del Mundo de Rally (WRC) nació oficialmente en 1973 como respuesta a la necesidad de dar un marco internacional unificado a las principales pruebas de rally del mundo. La FIA (Federación Internacional del Automóvil), que ya regulaba la Fórmula 1, estableció un calendario de pruebas puntuables que incluía algunos de los rallies más históricos de Europa y extendía la competición a otros continentes. El Safari Rally en Kenia, el Rally de Argentina y el Rally de San Remo en Italia se unieron a los clásicos europeos para dar al campeonato una dimensión verdaderamente global.
Las primeras temporadas estuvieron dominadas por los escandinavos, especialmente los pilotos finlandeses y suecos que habían crecido conduciendo en nieve y gravel desde niños. La escuela escandinava del rally, caracterizada por el uso agresivo del freno de mano para hacer girar el coche en las curvas lentas, la conducción con el coche en ángulo («four wheel drift») y el ritmo vertiginoso en pistas de tierra, resultó ser incomparable en las pruebas más difíciles. Pilotos como Björn Waldegård, Stig Blomqvist y el legendario Hannu Mikkola establecieron el estándar técnico que las demás escuelas nacionales tendrían que superar.
Los grandes fabricantes y la guerra tecnológica de los años 80
Si los años 70 fueron los de la consolidación del WRC, los años 80 fueron los de la guerra tecnológica entre los grandes fabricantes. La introducción del Grupo B en 1982 supuso la apertura de una caja de Pandora que nadie supo cerrar a tiempo. El Grupo B era una categoría de homologación que imponía mínimas restricciones técnicas, lo que permitía a los fabricantes desarrollar coches de carreras con motores turboalimentados de tracción integral y potencias que superaban los 500 caballos.
El resultado fue una generación de coches absolutamente revolucionarios: el Audi Quattro, que demostró que la tracción integral era el futuro del rally de alta velocidad; el Peugeot 205 T16, que dominó el campeonato en 1985 y 1986; el Lancia Delta S4; el Ford RS200; el MG Metro 6R4… Cada uno de estos coches era una obra de ingeniería extrema que empujaba los límites de lo posible en las carreteras de tierra y asfalto del circuito mundial. Los públicos se amontonaban en las cunetas para ver pasar aquellos monstruos mecánicos, y el rally alcanzó cotas de popularidad que nunca había tenido antes.
La tragedia del Grupo B y la nueva era
Pero la velocidad y la potencia del Grupo B tenían un precio terrible. En la primavera de 1986, una sucesión de accidentes mortales conmocionó al mundo del motor. En Portugal, un coche perdió el control y se precipitó sobre el público, matando a tres espectadores. Poco después, en el Rally de Córcega, el finlandés Henri Toivonen y su copiloto Sergio Cresto murieron al salirse de la carretera y arder dentro del vehículo. La FIA no tardó en actuar: el Grupo B fue prohibido con efecto inmediato para la temporada 1987, y el WRC comenzó una nueva era con los coches del Grupo A, mucho más controlados.
Esta transición fue dolorosa para muchos, pero también necesaria. Los coches del Grupo A —con el Lancia Delta Integrale como referencia absoluta— siguieron siendo espectaculares sin alcanzar los niveles de peligrosidad de sus predecesores. La larga dominación de Lancia en el WRC de finales de los 80 y principios de los 90, con pilotos como Miki Biasion, Didier Auriol y Carlos Sainz, fue uno de los capítulos más brillantes de la historia del campeonato.
La era WRC (1997-2010) y la homologación moderna
A finales de los 90, la FIA introdujo los coches World Rally Car (WRC), una nueva clase de vehículos preparados específicamente para el campeonato con una potencia de alrededor de 300 caballos y normativas técnicas más detalladas. Esta nueva generación atrajo de nuevo a los grandes fabricantes: Subaru, Mitsubishi, Ford, Peugeot, Citroën y Toyota competían por la supremacía mundial con presupuestos y tecnologías impensables una década antes.
La era de los WRC fue también la de Carlos Sainz, Tommi Mäkinen, Richard Burns, Marcus Grönholm y Sébastien Loeb. El francés Loeb, que entre 2004 y 2012 ganó nueve títulos mundiales consecutivos, es considerado el mejor piloto de rally de la historia. Su dominio fue tan absoluto que planteó interrogantes sobre el futuro del campeonato: ¿podía un deporte sobrevivir con un único dominador durante tanto tiempo? La respuesta la dio la siguiente generación, liderada por Sébastien Ogier y posteriormente por Kalle Rovanperä, que recuperaron la emoción competitiva del campeonato y lo mantuvieron en la primera línea del automovilismo mundial.