Las primeras carreras entre ciudades
El rally como deporte hunde sus raíces en las primeras competiciones automovilísticas del siglo XIX. En cuanto los primeros automóviles comenzaron a circular por las carreteras europeas, sus propietarios se desafiaron mutuamente a demostrar la superioridad de sus vehículos. La carrera París-Rouen de 1894, organizada por el diario Le Petit Journal, es considerada la primera competición automovilística de la historia: 102 vehículos se inscribieron, aunque solo 21 lograron completar el recorrido de 126 kilómetros. No fue exactamente una carrera de velocidad pura, sino una prueba de fiabilidad y regularidad, lo que la acerca más al concepto de rally que al de una carrera de circuito.
A raíz de este éxito, las carreras entre ciudades se multiplicaron por toda Europa. París-Burdeos-París en 1895, París-Berlín en 1901, París-Viena en 1902… Estas pruebas eran événements sociales de primer orden que atraían a cientos de miles de espectadores a lo largo de la ruta. Sin embargo, también eran extraordinariamente peligrosas: los coches circulaban a alta velocidad por carreteras sin delimitar, con tráfico de caballos y peatones, y los accidentes mortales eran frecuentes. El accidente de la París-Madrid de 1903, que causó numerosas muertes entre pilotos y espectadores, obligó a suspender la carrera en Burdeos y llevó a las autoridades francesas a prohibir temporalmente las carreras entre ciudades.
El Rallye de Montecarlo: el primer rally moderno
La solución al problema de la peligrosidad de las carreras entre ciudades abiertas al tráfico fue crear un nuevo formato: en lugar de competir directamente, los coches partirían de distintos puntos de Europa, recorrerían itinerarios parcialmente controlados y cronometrados, y se juzgaría la regularidad y la llegada a un destino común. Este concepto, que es la base del rally moderno, tomó forma con el Rallye de Montecarlo, celebrado por primera vez en enero de 1911.
El Rallye de Montecarlo era todo un acontecimiento social: los coches partían desde distintas ciudades europeas —San Petersburgo, Bruselas, Berlín, Ginebra, París— y debían llegar a Montecarlo en un tiempo determinado, siendo luego evaluados en pruebas de habilidad en el Principado de Mónaco. El primer ganador fue Henri Rougier con un Turcat-Méry, pero la competición importaba menos que el espíritu de la aventura y la elegancia. Montecarlo era el destino perfecto: glamour, casino, aristócratas y el Mediterráneo de fondo. El Rally de Montecarlo se convirtió desde el primer momento en el evento más exclusivo del automovilismo europeo.
Las pruebas de fiabilidad y el concepto de regularidad
Durante los años 20 y 30, el rally fue evolucionando hacia un concepto que ponía más énfasis en la regularidad y la fiabilidad que en la velocidad pura. Las pruebas de regularidad, en las que los conductores debían mantener una velocidad media constante en tramos cronometrados, exigían una combinación de habilidad al volante, conocimiento del vehículo y capacidad de cálculo que resultaba muy diferente de la conducción a velocidad máxima de las carreras de circuito.
Este concepto atrajo a un tipo de participante diferente: no solo los pilotos profesionales, sino también aficionados entusiastas que querían demostrar su dominio de la mecánica y la navegación. La aparición del copiloto como figura esencial del rally data de esta época: el conductor necesitaba un navegante que leyera los mapas de ruta, calculase los tiempos y le advirtiera de las curvas o peligros que se aproximaban. La pareja piloto-copiloto, trabajando en equipo bajo presión extrema, es una de las características más distintivas del rally y la que más lo diferencia de otras disciplinas del motor.
La consolidación entre guerras
La Segunda Guerra Mundial interrumpió el desarrollo del automovilismo de competición, pero los años 30 habían visto ya una notable consolidación del rally como disciplina. Pruebas como el Rally de Montecarlo, el Rally de los Alpes o el Rally de Gran Bretaña (que más tarde se convertiría en el RAC Rally) atrajeron a fabricantes como Citroën, Renault, Sunbeam y otros que comenzaron a preparar coches específicamente para estas competiciones.
La participación de los fabricantes fue decisiva para la evolución técnica del rally. Los coches de competición desarrollados para las pruebas de regularidad contribuyeron a mejorar los sistemas de frenos, las suspensiones, los motores y la aerodinámica de los vehículos de serie. Una relación simbiótica entre competición y producción que definiría el rally durante todo el siglo XX: las victorias en los rallies más exigentes eran la mejor garantía de calidad que un fabricante podía ofrecer a sus clientes.