Hay jugadores que marcan una era y hay jugadores que cambian un deporte para siempre. Jonah Lomu pertenece a la segunda categoría. Cuando el ala neozelandés irrumpió en el Campeonato del Mundo de 1995 con 19 años, el rugby no estaba preparado para lo que estaba a punto de ver: un ser humano de casi dos metros y 120 kilos capaz de correr a velocidad de sprinter y atropellar a cualquiera que se interpusiera en su camino. Lo que nadie sabía entonces era que ese monstruo deportivo convivía con una enfermedad que silenciosamente le estaba destruyendo los riñones.
El Mundial de 1995: el nacimiento de una leyenda
La Copa del Mundo de Sudáfrica en 1995 fue el escenario de la presentación más impactante de un jugador de rugby en la historia del deporte. En las semifinales, Nueva Zelanda se enfrentó a Inglaterra. Mike Catt, el fullback inglés, se interpuso en el camino de Lomu y fue aplastado con una brutalidad que los cámaras captaron en primer plano. Lo mismo le ocurrió a otros tres defensas ingleses antes del pitido final: Lomu había marcado cuatro ensayos y los All Blacks habían ganado 45-29 en un partido que dejó al rugby mundial con la mandíbula en el suelo.
Will Carling, capitán de Inglaterra aquel día, resumió la situación con una frase que se repetiría durante décadas: «Es un monstruo. ¿Qué se supone que debemos hacer?»
Físico de leyenda, talento descomunal
Las cifras de Lomu eran las de un superhéroe de cómic. 1,96 metros de altura. 119 kilos de peso. Cien metros en 10,8 segundos. Jugaba de ala, una posición habitualmente reservada para jugadores ágiles y veloces pero no necesariamente físicos. Lomu era ambas cosas al mismo tiempo, lo que lo convertía en un problema sin solución para los defensas rivales: si se ponían en su camino los arrollaba, si intentaban rodearle por velocidad no podían alcanzarle.
Su aparición transformó la forma en que los entrenadores planificaban sus defensas y la forma en que los equipos seleccionaban sus alas. El rugby posterior a Lomu busca, en todos los equipos del mundo, al jugador que combine esas dos cualidades.
La enfermedad que convivió con la gloria
Lo que el mundo no sabía durante el Mundial de 1995 es que Lomu había sido diagnosticado ese mismo año con síndrome nefrótico, una grave enfermedad del riñón que afecta a la filtración sanguínea. Durante años, Lomu compitió al más alto nivel mientras sus riñones fallaban progresivamente. La diálisis se convirtió en parte de su rutina. En 2004 recibió un trasplante de riñón de un amigo de la infancia, Grant Kereama, que literalmente le salvó la vida.
La enfermedad no le alejó completamente del rugby: Lomu volvió a jugar después del trasplante, aunque nunca al nivel que el mundo había conocido en 1995. Su historia se convirtió en un símbolo de determinación, pero también en un recordatorio de que detrás de los cuerpos más perfectos del deporte a veces se esconden batallas silenciosas e inmensas.
Una muerte demasiado pronto
El 18 de noviembre de 2015, Jonah Lomu murió en Auckland a los 40 años de una parada cardíaca relacionada con sus problemas renales crónicos. El mundo del rugby se detuvo. Mensajes de condolencia llegaron de todos los rincones del planeta, de jugadores, entrenadores y aficionados que habían crecido viéndole jugar o simplemente habían oído hablar del hombre que había hecho parecer fácil lo imposible.
La Copa del Mundo que se estaba disputando en ese momento en Inglaterra le rindió homenaje en todos los estadios. El legado de Lomu no se mide en títulos mundiales —nunca ganó uno, una de las injusticias más grandes del deporte— sino en la huella que dejó en la memoria de todos los que tuvieron la suerte de verle jugar.