La patada de drop, o drop goal, es una de las acciones técnicas más espectaculares del rugby. El jugador, en pleno juego abierto, suelta el balón verticalmente, lo deja botar una única vez en el suelo y lo golpea con el empeine en el instante exacto del bote para enviarlo entre los palos verticales y por encima del travesaño. Si el balón pasa correctamente, el equipo anotador suma 3 puntos sin necesidad de detener el juego.
Ejecutar un drop bajo presión defensiva exige gran precisión técnica y frialdad mental. Históricamente, los drops decidían partidos importantes: el más célebre en el rugby moderno es el de Jonny Wilkinson en la prórroga de la final del Mundial de 2003, que dio el título a Inglaterra frente a Australia en el último suspiro. En el rugby actual se utiliza con menos frecuencia que antes, pero sigue siendo una herramienta válida y valiosa cuando un equipo domina pero no consigue el ensayo.
Tácticamente, la amenaza del drop obliga a la defensa a mantenerse alerta incluso cuando el equipo atacante no avanza hacia la línea. Un apertura (fly-half) con buen pie y capacidad de lectura del juego puede optar por el drop cuando el equipo está estancado pero en posición de ataque. La defensa debe salir a cerrar al tirador para impedirlo, lo que a veces abre espacios para el juego por fuera.