El ruck es una de las situaciones de contacto más habituales en el rugby union. Se produce de forma casi automática cada vez que un portador es placado al suelo: el equipo atacante enviará jugadores a proteger el balón y el equipo defensor intentará robarlo o retrasar la salida. La clave es que los jugadores que entran al ruck deben permanecer en pie y empujar sobre sus adversarios; si caen al suelo o usan las manos para manipular el balón, el árbitro señalará penalti.
La velocidad de reciclaje del balón desde el ruck es un factor determinante en el juego moderno. Los equipos de alto nivel trabajan para conseguir que el medio melé disponga del balón en menos de dos segundos tras cada placaje, lo que impide al rival reorganizar su defensa. Esto requiere que los tres o cuatro jugadores más cercanos al portador placado entren rápidamente, establezcan una plataforma sólida sobre el rival y despejen el cuerpo del placado.
Tácticamente, los equipos atacantes encadenan rucks sucesivos —conocido como «juego de fases»— para mover la defensa y abrir espacios. Cada ruck hace que un defensor quede comprometido en el suelo o atado al ruck, reduciendo el número de defensores libres en la línea. Los equipos defensores, por su parte, buscan robar el balón llegando antes que el atacante y estableciendo posición legal sobre él, lo que se conoce como turnover o robo de balón.